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Manuel de Falla y la guitarra flamenca

Norberto Torres Cortés, musicólogo, escritor y guitarrista

 

El 23 de noviembre de 1876, en Cádiz en el domicilio familiar, nacía Manuel María de los Dolores Clemente Ramón del Sagrado Corazón de Jesús Falla y Matheu, llamado a ser andaluz universal con el nombre de Manuel de Falla. Por este motivo, 2026 ha sido decretado institucionalmente como “el Año Falla”, para conmemorar el 150 aniversario de este nacimiento y ochenta de su fallecimiento en la ciudad argentina Alta Gracia. Con nuestro artículo, sumándonos a esta celebración, unos breves apuntes sobre su relación  con la guitarra flamenca.

 

Lo previo, a la escucha de fuentes directas e indirectas

Sus biógrafos suelen incidir en su primer contacto con la música andaluza, a través de las nanas que le cantaba su niñera “la Morilla”. Comentaba Falla a su amigo Roland-Manuel: “[…] en mi primerísima infancia, cuando yo sólo tenía dos o tres años […] los cantos, las danzas y las historias de la Morilla me abrieron las puertas de un mundo maravilloso”. No resulta difícil percibir el sonido agudo a guitarras rasgueadas, bandurrias y laudes que escucharía el joven Manuel en el Cádiz de finales del XIX, como polifonía al marco académico de sus clases de piano con Eloísa Galluzzo, “una amiga de mi buena madre, y por cierto excelente pianista”, recordando a la mujer que se encargaría de su iniciación en la música. Entre lo popular y lo culto, lo clásico y lo flamenco, como las fuentes escritas a las que acudirá para su conocimiento de la guitarra, sobre todo el Método de la Guitarra por Música y Cifra. Aires andaluces de Rafael  Marín, publicado en 1902, las partituras  “aflamencadas” de Julián Arcas y de Francisco Cimadevilla, la famosísima rondeña de Francisco Rodríguez “El Murciano”, o colecciones de aires nacionales y populares como las de Eduardo Ocón y José Inzenga. A estas fuentes, otras de contacto directo, con tocaores de perfil clásico-flamenco. Entre ellos su amigo e informante Manuel Gómez Vélez “Manolo de Huelva” (Minas de Riotinto (Huelva), 1892-Sevilla, 1976), fallecido hace cincuenta años, concertista clásico-flamenco en sus inicios. O Ángel Barrios Fernández (Granada, 1882-Madrid, 1964), destacado guitarrista y violinista de la escuela clásico-flamenca granaína, director del trío Iberia de guitarra, laúd y bandurria, hijo del famoso tocaor y cantaor El Polinario. Por si no quedara claro el rasgo clásico-flamenco de estas fuentes  que consultó Falla para su acercamiento a la guitarra, allí está el jurado del Concurso de Granada de 1922, que él impulsó con la misma pasión que otro andaluz universal, de nombre Federico García Lorca.

 

De izquierda a derecha Adolfo Salazar, Manuel de Falla, Ángel Barrios y Federico García Lorca (1923)

 

Entre sus diez miembros, cuatro guitarristas: Ramón Montoya, Manuel Jofré, Amalio Cuenca, tocaores clásico-flamencos, y un joven Andrés Segovia, formado en sus inicios en el ambiente flamenco y de cuerda pulsada de Granada, con sonoridad alhambrista de fondo. Si sumamos a ello a Antonio Chacón y su fino oído y exquisito gusto musical, la mitad de este jurado estaba constituido por guitarristas. Por consiguiente, en su afán idealista de rescate del cante jondo, Falla parece haber confiado en los músicos del flamenco, los tocaores, en su oído y criterio. El mismo promocionaría grabaciones históricas del Tenazas de Morón y de Manuel Torres, acompañados por José Cuéllar Casanova “Hijo de Salvador” (Granada, 1899-1961), otro brillante tocaor clásico-flamenco de la escuela granaína del toque. Un contexto paralelo a este famoso concurso, que Falla teorizó como “toque jondo”, poniendo en valor el uso armónico de la guitarra a través del rasgueado y de sus disonancias cuando, señalando las diferencias entre guitarra morisca punteada y guitarra castellana rasgueada, comenta que:

            En cambio, el primitivo tañido de la guitarra castellana fue el rasgueado como aún hoy lo sigue siendo frecuentemente en el pueblo. De ahí que el uso del instrumento morisco fuese y aún sea melódico (como en nuestros actuales laúd y bandurria), y armónico el del español-latino, puesto que rasgueando las cuerdas sólo acordes pueden producirse. Acordes bárbaros, dirán muchos. Revelación maravillosa de posibilidades sonoras jamás sospechadas, afirmamos nosotros.

No es una casualidad si en los actos culturales previos a la celebración del Concurso de Cante Jondo de 1922, y ante lo más granado del mundo artístico español, el animado Andrés Segovia interpretara por primera vez en Granada el reciente homenaje Pour le tombeau de Claude Debussy, obra escrita por Falla a su llegada a la ciudad en 1920, encargada por Henri Prunières, director de la Revue Musicale de París, tras la muerte de Claude Debussy (1918). La música flamenca para guitarra tuvo un lugar destacado estos días previos, con Manuel Jofré tocando a solo una petenera y una seguiriya, o el propio Segovia que lo hizo “por soleares”. El concurso de 1922 fue también, qué duda cabe, un escaparate para la guitarra española, aquella que tanto sedujo y sirvió de inspiración a Debussy en la renovación de su lenguaje armónico.

Sin embargo, es la única obra que Falla compuso para guitarra, estrenada en París el 24 de enero de 1921 por Marie-Louise Casadesus en un artilugio entonces de moda llamado arpa-laúd, y estrenada guitarrísticamente por Miguel Llobet, que la tocó en Burgos el 13 de febrero de 1921. No deja de ser curiosa esta única producción guitarrística en un autor andaluz muy influenciado por la guitarra en gran parte de su obra. Para el especialista en Falla Michael Christoforidis, el temor a realizar una simple parodia del instrumento podría explicar la falta de obras para guitarra en el catálogo del músico gaditano. O sea, mucho respeto le tenía a la guitarra flamenca, y admiración por el toque de Manolo de Huelva, como la tenía Andrés Segovia.

Lo concreto: Manuel de Falla y Paco de Lucía, interpretando el espíritu libertario del flamenco

Frente al respeto estéril del documento auténtico y contra las peligrosas desviaciones románticas hacia el pintoresquismo y la pasión hecha fórmula, en sus escritos Falla reclamaba la libertad para evocar la música popular, con la elaboración de un folclore imaginario, incluso idealizado. Para ello, incidirá en la importancia del acompañamiento rítmico o armónico, que pondrá en igualdad con lo melódico, o sea el cante, en su concepto de “lo jondo”:

Pienso, modestamente, que en el canto popular importa más el espíritu que la letra. El ritmo, la modalidad y los intervalos melódicos que determinan sus ondulaciones y sus cadencias constituyen lo esencial de estos cantos, y el pueblo mismo nos da prueba de ello al variar de modo infinito las líneas puramente melódicas de sus canciones. Aún diré más: el acompañamiento rítmico o armónico de una canción popular tiene tanta importancia como la canción misma. Hay que tomar la inspiración, por lo tanto, directamente del pueblo, y quien no lo entienda así sólo conseguirá hacer de su obra un remedo más o menos ingenioso de lo que se proponga realizar. (El subrayado es nuestro).

Profundo admirador de la obra de su paisano, Paco de Lucía la tomará como fuente de aprendizaje, conocimiento e inspiración, para lo que fue en su momento un controvertido disco homenaje publicado en 1978, Paco de Lucía interpreta a Manuel de Falla. Comentaba en 1980 en una entrevista en París concedida a Claude Worms, que con este tributo esperaba “haber profundizado un poco mi conocimiento del flamenco y poder aprovechar estas nuevas experiencias en dos discos próximos: uno solista, otro con Camarón de la Isla”.

Paco de Lucía retratado por Máximo Moreno para el álbum de 1978 Paco de Lucía interpreta a Manuel de Falla

 Los discos a los que alude son nada menos que Sólo quiero caminar (1981) y Como el agua (1981). Con la perspectiva del tiempo, viendo todo lo que ha pasado después en el flamenco, podemos saludar este encuentro entre dos músicos gaditanos anticonformistas y perfeccionistas, que han sabido rehacer el oficio para trascender lo local y darle proyección universal con su obsesión por la renovación constante, por tener siempre algo que decir y no repetirse, por no emplear siempre el mismo lenguaje, para llegar cada vez a lo más íntimo de la percepción humana.

«Publicado originalmente en el número de junio de 2026 de Zoco Flamenco»

 

 

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