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Mayte Martín

Mayte Martín, la cantaora rebelde: “Cada paso que se hace a contracorriente es un peaje a pagar”

Mayte Martin, una de las cantaoras más valorada, personal, independiente y libre de su generación, ha mantenido una entrevista con Fernando Pastor para Zoco Flamenco. Foto de @ChuchiGuerra

¿Cómo fueron sus inicios en el mundo de la música?

Mi padre fue un inmigrante andaluz que vino a Cataluña, como tantos otros, en busca de una vida mejor. Llevaba en su maleta vinilos de Juan Valderrama, del Niño de Marchena… Y yo, que era una niña muy introvertida, encontré en la música el refugio y la forma de comunicación y de expresión que mi sensibilidad necesitaba.

Yo oía en la música flamenca el lamento de mis ancestros, por eso quise comprenderle el alma.

Al llegar la adolescencia fui descubriendo otros estilos y mi sensibilidad fue cribando aquellas músicas y músicos que hablaban de profundidad, de amores frustrados, de dolores y de abandonos: el tango, la copla, el bolero… nunca me interesó la música que no doliera.

 

¿Había tradición musical en su familia?

Todos los miembros de mi familia han cantado bien pero, hasta donde yo sé, nadie se dedicó profesionalmente a cantar. Solo un tío mío por parte de madre fue cantante de boleros semi profesional.

Hablando de premios, sin duda uno de los más relevantes podría considerarse el del Festival Internacional del Cante de las Minas

Fundamentalmente, el orgullo de mis padres.

¿Qué importancia tiene este premio en la proyección de los artistas?

Pues depende del artista. Si es una Lámpara bien otorgada le permite colocarse en el escaparate y que la gente descubra a un cantaor o cantaora con talento y, hasta entonces, desconocido. Si no, solo le sirve para ganar el dinero del premio y hacer unos cuantos festivales.

Yo te diré que, en mi caso, me sirvió para conocer, a través de los festivales flamencos de entonces, año 1987, un mundo en el que no me interesó quedarme, por que yo no comulgaba ni comulgo con esa filosofía. Te explico: por aquel entonces no se concebía que un cantaor llevase su propio guitarrista, sino que la empresa contrataba diez cantaores y tres guitarristas y un sorteo decidía quién le tocaba a quién, Ni siquiera se tenía en consideración la afinidad musical y artística entre el cantaor y el guitarrista. Yo, independientemente de la indiscutible calidad de los guitarristas que ponía la empresa, me llevaba al mío, que era el que conocía mi manera de entender el cante y, por tanto, lo podía acompañar como yo quería.

Tampoco existía entonces la figura del técnico de sonido. Ningún artista lo llevaba. La cara de los organizadores de los festivales cuando me veían aparecer con un técnico era un poema. Pero era, obvia y objetivamente, necesaria su intervención para conseguir hacer llegar al público y a nosotros mismos un sonido mínimamente digno. Y digo mínimamente porque, por aquel entonces, nunca los festivales invertían en un buen sonido, nadie le daba importancia a eso.

Por estas dos razones y en este sentido, mi bagaje por el ámbito flamenco en mis principios, fue muy duro. Me llevo en el corazón el haber conocido algunos y algunas artistas que me trataron con mucho cariño y respeto pero, por regla general, las “partes contratantes” veían en mí -por exigir el debido respeto por el arte y por los músicos y defender cosas básicas que ahora son completamente normales-, una rara avis, una artista difícil y complicada.

  • ¿Qué podría comentar de sus espectáculos: “Mis 30 años de amor al cante”, “De fuego y de agua”, “Por los muertos el cante”…

MIS 30 AÑOS DE AMOR AL ARTE (2005) fue un espectáculo que hice cuando cumplí cuarenta años, el año en que hacía treinta de la primera vez que pisé un escenario. Abarcaba en un mismo espectáculo mis tres principales facetas artísticas: la de cantaora, la de cantautora y la de bolerista.

DE FUEGO Y DE AGUA (2008) fue otro regalo de la vida. Que las enormes pianistas Katia y Marielle Labèque me buscasen para realizar juntas un proyecto basado en música española, fue una experiencia religiosa. Tanto a nivel artístico como humano.

POR LOS MUERTOS DEL CANTE (2012) era un tributo a los artistas a quienes debo mi amor por el flamenco y a las personas que me acercaron a él, algunos sin pretenderlo. Era una colección de piezas llenas de belleza y de autenticidad que quise recordar y recrear. Y las mezclé con algunas piezas de música clásica, cosa que también hice en mi siguiente espectáculo AL FLAMENCO POR TESTIGO (2016).

Los espectáculos que no tengo registrados en ningún CD son la muestra de que, aunque algunas de mis obras no se hayan convertido en disco, no he dejado de crear y de redescubrirme a mí misma en el terreno flamenco, cosa que responde a aquellos que dicen que lo he abandonado. Es falso. Lo que ni tengo ni tuve, es la obligación de demostrar nada en la forma y en los tiempos en que otros lo consideren oportuno.      

 

  • ¿Qué destacaría de su discografía?

Todos mis discos son muy distintos en contenido y, al pasar tanto tiempo entre uno y otro, también reflejan etapas de mi vida muy distintas y matices que ofrece el paso del tiempo, tanto en el aspecto técnico como en el aspecto emocional. Cuando se ha vivido, tu pecho está lleno de contenido, de vivencias que te hacen expresar las cosas de distinta forma y que llegan a descubrirte cosas de ti misma, de tu propia evolución como persona. En la evolución artística de alguien se ve al ser humano que hay detrás del artista. No solo en su cante, su toque o su baile, sino también en la forma en que camina por la profesión: la ética, el respeto, la honestidad, todo.

 

  • ¿Cómo ve el presente y el futuro del flamenco?

Soy pesimista en este sentido. Creo que hay grandes talentos, grandes voces, que podrían aportar mucho al flamenco, pero la necesidad de subsistencia no se lo permite. A la mayoría de los grandes talentos del flamenco solo los conocemos la gente que estamos metidos en él.

Creo que para proteger la dignidad artística y no permitir que siga ganando la batalla lo popular y lo comercial, un artista no tiene que hacerse nunca ninguna pregunta cuya respuesta tenga que venir de fuera.

 

  • ¿Cómo ha vivido la pandemia?

Soy una persona muy reflexiva, muy introspectiva, y siempre me procuro en la vida el tiempo para sentirme, para entender qué necesito y proporcionármelo. Pero, aunque procuro que la agitación, la vorágine, la prisa y el impulso de inmediatez que manipula a la sociedad no me salpiquen demasiado, es inevitable que así sea.

La pandemia paralizó el mundo, y eso me permitió un tiempo de aislamiento e introspección a un nivel mucho más profundo y real, que me regeneró en todos los sentidos, y, por tanto, también mi voz.

Por supuesto, sufrí también la parte dura: todas las personas que sufrieron el virus o que perdieron a sus seres queridos, la hecatombe económica, como siempre, afectando a los más frágiles. Todos los compañeros y compañeras que tenían su sustento en tablaos y que se quedaron en la calle de un día para otro…

Para mí no era tiempo de crear, era tiempo de barbecho.

 

 

  • Ha dejado claro que usted es una artista con una gran personalidad, que no está al albur de las discográficas, ni de las modas ni de las críticas… ¿Le resulta difícil mantener esa coherencia y firmeza con su forma de ser y de entender el flamenco y su profesión?

Cada paso que se hace a contracorriente es un peaje a pagar. Cada acción mía y cada decisión que tomo y que para mí tiene una coherencia artística pero va en contra de la deriva mercantil y de los intereses comerciales, dificulta que mis trabajos -y los de quienes entendemos el arte como algo sagrado-, tengan difusión. Dificulta también que los programadores que, cada vez más se dedican a seguir las corrientes comerciales y a programar a artistas populares en vez de mostrar en sus festivales propuestas de calidad independientemente de si están o no de moda, se atrevan a programarlos.

La obra manda. El artista es un vehículo, un transmisor. Y si la sociedad va empujando hacia otra realidad, el arte se tambalea.