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El flamenco, como lo gitano, se mama

Cuando se organizan los ciclos de conferencias sobre el Flamenco, especialmente los que corren a cargo de los más diversos ayuntamientos de nuestra geografía no faltan, por lógica, aquellas relacionadas con la historia del o de la artista con más recorrido de la zona, así como otras sobre las últimas investigaciones sobre los palos y formas de hacer el cante grande. Por Federación de Asociaciones de Mujeres Gitanas, FAKALI. Pintura Carmen Amaya por @LitaCabellut la pintora gitana más valorada actualmente.

 

Eso contribuye a la divulgación de esta cultura que ha forjado una parte inquebrantable de la idiosincrasia andaluza y española, pero en esos mismos ciclos e incluso en algunos másteres sobre el Flamenco en la Universidad se ausentan, contra todo pronóstico, algunas materias que a nuestro juicio nos parecen troncales.

En el caso de la transmisión vivencial del Flamenco, por mucho que nos parezca sobreentendido desde el primer momento en el que vamos a teorizar sobre cualquier otro asunto relacionado con el Flamenco, lo cierto es que si no está dentro de la materia pareciera que no existe. Dicho de otro modo, si una persona neófita en el tema no entiende de qué manera se transmite la cultura flamenca y cuáles son los ingredientes fundamentales que lo hacen pasar de generación en generación difícilmente podrá asumir los principios de cualquier palo o las influencias de otros tantos. Alcanzará en ella todas las teorías flamencas del mundo, pero seguirá sin saber cómo y quiénes lo inculcan y lo más importante aún: el método de transmisión.

Si nos trasladásemos a las casas cantaoras de los años 50 ó 60, encontraríamos que en ellas se vive y se transmite el Flamenco desde que el lactante toma el alimento indispensable para su desarrollo, que es la leche materna. Al mismo tiempo y casi en las mismas dosis, la transmisión se va haciendo efectiva en cada compás, en cada mecida e incluso en cada nana que la familia le dedica a la criatura. Tras ello, y a medida que comienzan sus primeros pasos, y por imitación, el aún bebé y, posiblemente con chupete en la boca alza sus brazos, mueve sus manos, toca sus palmas e incluso, taconea. Los niños y las niñas de aquel tiempo jugueteaban a hacer compás, a compartir letras que habían aprendido de sus mayores e incluso se improvisaban juergas infantiles. Ese proceso permanece casi inalterable en muchos barrios y en muchas casas de nuestra geografía, aunque no podemos negar que en la actualidad, las tecnologías han contribuido a su magnificación a la hora de compartir esos impresionantes bailes, cantes y toques de infantes que, con tan corta edad muestran sus conocimientos, su arte y su flamencura. Entonces podemos decir que la transmisión ha sido un éxito.

Esa transferencia tiene responsables directos y, tal y como sucede con la gitanidad, tiene en la familia el culmen de esa transmisión vivencial flamenca. Y aquí de nuevo, y tal y como sucede con la transmisión de la cultura gitana, los abuelos, las abuelas, los padres y las madres tenemos la responsabilidad y el honor de inculcar a nuestros predecesores un cofre repleto de una cultura inmaterial y milenaria. Y las mujeres de hecho, tenemos aún más responsabilidad, quizás fruto del propio sistema que ha generado unos roles, pero lo cierto y verdad es que somos esa tierra fértil sobre la que se cimentan las buenas cosechas.

También en esos foros y másteres, para ser justas, faltan cuestiones relativas a la gitanidad. Es cierto que hoy en día hay cientos de temas sobre los que tratar en relación al Flamenco, pero no debemos olvidar los primeros pasos para las personas que se rinden a esta cultura de la que emanan los mejores frutos. Sucedería como al recién nacido que ha sido privado de toda cultura alusiva al Flamenco, que no ha podido escuchar cantar a su abuela, ni ha podido ver bailar a su madre o a su padre y, de pronto le piden que baile. No podemos excluir a quienes vienen a aprender ni tampoco pretender extirpar una obviedad: El Flamenco, como lo gitano, se mama.

 

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