El flamenco nace en Andalucía como parte de la expresión cultural de un sector humilde de población. Pero en un periodo muy corto de tiempo se va a definir como una manifestación individual que se mueve en un campo profesional. Un entorno conformado por las tabernas y aquellos primeros cafés-cantantes, donde el público era fundamentalmente masculino y no iba precisamente a beber café. En ese marco profesional el cante flamenco se desenvolvía en un ambiente de juerga sin límites que, en muchas ocasiones, rozaba los márgenes de la lujuria. Por ello las primeras mujeres cantaoras tuvieron que aprender a vivir en un mundo tremendamente hostil. Por Dolores Pantoja, Doctora en Comunicación de Flamenco, periodista y escritora.
Ellas pertenecían a una época en la que la moral reinante, todavía ligada a la sociedad arcaica, otorgaba a la mujer básicamente el papel de esposa y madre. El S. XIX daba sus últimos estertores y, a pesar de que nuestro país se había subido ya al carro de la moderna sociedad capitalista, lo cierto es que todavía la mujer seguía estando encadenada a ciertos valores tradicionales, como la virginidad o el honor. Si a esto unimos el ámbito tabernario y lascivo en el que se desenvolvía por entonces el cante, no resulta difícil comprender que ningún padre, y sobre todo ningún marido, quisieran ver a sus hijas y esposas convertirse en artistas del cante.
La consecuencia directa fue que muchas cantaoras que podían haber engrandecido la historia del cante se quedaron en el camino. Así lo reconoce Tía Anica la Piriñaca, esa magnífica cantaora jerezana que nos cuenta -en un libro impagable en el que Ortiz Nuevo recogió sus memorias- que su marido no la dejaba cantar ni en los bautizos, a pesar de que a ella era lo que más le gustaba en el mundo desde chiquitita. De no ser porque la desgracia llamó a su puerta, dejándola viuda con unos cuantos hijos que mantener, nos hubiéramos quedado sin el precioso legado de su cante.
Por fortuna para nosotros existieron en la historia del flamenco, desde sus primeros pasos profesionales, algunas mujeres que fueron capaces de huir de los convencionalismos sociales. Mujeres valientes y hambrientas de creatividad que no dudaron en apostar con firmeza por el desempeño del cante convirtiéndose en piezas fundamentales para su conformación. Todas fueron reconocidas como grandes artistas y cosecharon un éxito considerable, aunque la mayoría tuvo que enfrentarse a un trágico destino que se plasmó en el imaginario colectivo en forma de leyenda.
Ese fue el caso de La Rubia de Málaga. Cuenta la leyenda que El Canario, murió a manos de su padre y eso, al parecer, provocó que el público sevillano la rechazara. Se trasladó a Madrid y allí se unió a El Machuelo y grabó sus cantes, primero en cilindros de cera, y más tarde en discos de pizarra. Sus malagueñas y tangos, a los que supo aportar un estilo absolutamente personal, han seguido viviendo en las voces de los cantaores y cantaoras actuales.
Como también los cantes de La Trini, a quien se le atribuyen cuatro estilos de malagueñas, que se siguen cantando hoy en día. De ella se cuenta que se quedó tuerta muy joven porque, al parecer, a su amante no se le ocurrió otra cosa que ofrecerle, en medio de una juerga desmadrada, una aceituna pinchada en una navaja que se clavó, no se sabe muy bien cómo, en su ojo. Esta genial cantaora acabó regentando un ventorrillo en su tierra natal, Málaga, donde acudían los artistas que comenzaban su andadura profesional con la esperanza de oírla cantar. Aunque ella solía resistirse, en determinadas ocasiones les regalaba algunas pinceladas sublimes de su cante.
La Peñaranda, creadora de una malagueña que lleva su nombre, consiguió triunfar en Sevilla con unos cantes de aire levantino por entonces desconocidos. Cuenta la leyenda que amó y fue engañada y que cantaba con tanto poderío que embelesaba a todos cuantos la escuchaban. Al igual que La Andonda, amante de El Fillo, que engrandeció el cante de Triana por soleá. Se cuenta de ella que era capaz de enfrentarse, navaja en mano, a cualquiera que le chistara lo más mínimo. Sin duda era una mujer fuerte y con un gran caudal creativo, pero acabó entregándose al alcohol por el desamor y la soledad.
Por fortuna, no todas las pioneras del cante tuvieron un sino tan trágico. Dolores La Parrala, considerada como una maestra de la seguiriya, es un claro ejemplo. A ella le atribuye la leyenda el poder de jugar con los hombres y utilizarlos a su santa voluntad. También Mercedes Fernández Vargas, La Serneta, escapó a la tragedia a la que la mayoría de sus compañeras estuvieron abocadas. Esta genial cantaora jerezana, que vivió en Triana y terminó sus días en Utrera, además de cantar como los ángeles se buscó también la vida dando clases de guitarra. En vida gozó de gran prestigio y tuvo, al igual que La Trini, el reconocimiento de artistas de la categoría de Manuel Torre, Chacón o La Niña de los Peines, quien aprendió de ella y grabó sus famosas soleares. En su libro: Arte y Artistas Flamencos, Fernando de Triana dijo de La Serneta: “En esta gitana de sin par belleza, volcó la divina Naturaleza el tarro de la salsa y el grado máximo del faraónico estilo del cante por soleá. Su voz era de una dulzura incomparable”
Llegados a este punto debemos detenernos en Pastora Pavón, La Niña de los Peines. Aprendió a cantar con su familia, siendo muy niña, y más tarde amplió su repertorio gracias a la admiración que profesaba a las cantaoras que la precedieron. Pastora les tomó el relevo y engrandeció sus cantes convirtiéndose, desde principios del S. XX, en uno de los más grandes artífices del flamenco. Aunque se retiró relativamente pronto, comenzó a cantar siendo todavía una niña y le dedicó al cante sus mejores años. Puso muy alto su listón y abrió las puertas para que otras mujeres, como La Perla de Cádiz, La Paquera o las hermanas Fernanda y Bernarda de Utrera llegaran, no a sólo vivir con dignidad del flamenco, sino a ser reconocidas como auténticas artistas en un mundo en el que, por desgracia, se hacían valer mucho más las voces masculinas. Para muestra baste un botón. Es Aurelio Sellés, hablando de la Niña de los Peines, en el libro que escribió sobre esta cantaora Manuel Bohórquez: “A principios de siglo el flamenco sufría una aguda crisis, se replegaba a Jerez, los puertos y Cádiz, y que llegara a triunfar una mujer donde tan buenos cantaores había, se resistía todo el mundo a reconocerlo (…) repartiéndose los triunfos nada más ni nada menos que con Chacón y con Torre. Caso igual de mujer no se ha conocido”
Esta genial cantaora grabó, entre 1910 y 1950, la friolera de 258 cantes en discos de pizarra, que en 2004 se publicaron en forma de trece discos compactos, lo que sin duda contribuyó a que el cante flamenco haya llegado a ser reconocido en todo el mundo como una manifestación estética universal. A sus artífices se les considera artistas y, por fortuna, las mujeres ya pueden entregarse a su ejercicio sin renunciar a la maternidad o al matrimonio. No hay más que echar una ojeada al panorama del cante femenino para corroborarlo. Mujeres como Carmen Linares, Esperanza Fernández, La Macanita, Aurora Vargas, Remedios Amaya, Mayte Martín, Marina Heredia, La Tremendita, Estrella Morente, Rocío Márquez, Sandra Carrasco, María Toledo, María Terremoto, Lela Soto o Ángeles Toledano, entre otras, llevan hoy en día muy alta la bandera del cante dentro y fuera de nuestras fronteras. Y otras muchas están pugnando por salir. No hay duda de que todas ellas mantienen y seguirán manteniendo viva la llama del cante y no hay duda, también, de que todas se lo deben a todas aquellas pioneras que, en su día, lucharon por engrandecer el cante.
Mujeres como Carmen Linares, Esperanza Fernández, La Macanita, Aurora Vargas, Remedios Amaya, Mayte Martín, Marina Heredia, La Tremendita, Estrella Morente, Rocío Márquez, Sandra Carrasco, María Toledo, María Terremoto, Lela Soto o Ángeles Toledano, entre otras, llevan hoy en día muy alta la bandera del cante dentro y fuera de nuestras fronteras.






