Arrancando por techno, inmerso en lo que pareciese un club berlinés. Oscuridad y focos blancos tintineantes, y Andrés Marín ocupando el escenario, dando compás, marcando el bombo, recreándose en ese 4×4 crudo y seco de un techno bien producido por Oscar Mulero. A su izquierda, mirando al lateral del escenario sentado en una silla de enea sobre un trozo de suelo de aquella Alameda de albero, el mítico cantaor sevillano José de la Tomasa; más atrás, el guitarrista Salvador Gutierrez, sentado en otra silla colocado en diagonal mirando casi de reojo al profundo y ecléctico pianista Pepe Fernández. Unos diez minutos duró aquello que parecía ser el inicio de algo poderoso.
El bailaor sevillano, Andrés Marín, encontrado en uno de esos lugares que algunos llaman flamenco de vanguardia, estrenó Desierto en un Teatro Central lleno.
Andrés Marín ataviado con una chaquetilla americana, mostrándo su torso, unas calzonas, unas medias altas y una gorra, todo de negro. En un flamenco de la noche, de lo oscuro, lo moderno y lo clásico, la desnudez y la fantasía.
Sobre el escenario ocurrieron muchas cosas, muchas imágenes, únicas, extravagantes y profundas. Con el juego, la experimentación y el atrevimiento. A esto nos tiene acostumbrados el bailaor sevillano, y a veces, como ocurre con el riesgo, con más suerte que otras.
Y la Alameda de fondo, creando el espacio onírico a reivindicar. Algunas voces de casete, algunos llamamientos a esas antiguas voces que fueron estandarte del flamenco y que tenían como origen al jardín público más antiguo de Europa: la Alameda de Hércules.
Diálogos, diálogos entre su voz, su cuerpo, sus pies, la voz de otros, de otres, de José de la Tomasa, que nos encandiló con su personalidad y su saber estar, aquella seguiriya sin guitarra atribuidas al Planeta, aquellos diálogos con el piano intervenido de un Pepe Fernández virtuoso, golpeando las cuerdas de un piano de cola sin tapa, una mano en las teclas y otras en las cuerdas, dando el compás, certero y poderoso.
Andrés Marín se pregunta, duda, cuestiona los espacios, los lugares, su propio cuerpo, las posibilidades de él, acupuntura en su rostro después de ser figura y figurante, toro y torero, herido e hiriente. Y sus pies siguen bailando, la cara llena de agujas, caído por el suelo y se levanta y sigue bailando, y mientras todo eso pasa, hay preguntas que surgen: ¿qué tienen los pies de un bailaor para no poder parar de sonar?, ¿qué ocurre cuando un bailaor se aburre de bailar?, ¿qué ocurre cuando un espacio lleno de familiaridad y de misticismo deja de sentirse propio y se siente de un otro que ni siquiera lo habita? Cuestiones que pululan la atmósfera y que dan sentido la propuesta, al baile e incluso al arte.
Ficha técnica. Una idea original de Andrés Marín · Baile: Andrés Marín · Artista invitado: José el de la Tomasa · Piano: Pepe Fernández · Guitarra: Salvador Gutiérrez · Acupuntura: Karina Oliveira · Coreografía, dirección artística y musical: Andrés Marín · Textos: Luis Ybarra · Electrónica : Oscar Mulero – The Cycle [TOKEN83] con epílogo musical Requiem Desierto, de Alberto Carretero · Composición para piano: Pepe Fernández · Composición para guitarra: Salvador Gutiérrez· Ayudante personal de Andrés Marín: María Velasco · Dirección técnica y sonido: Manu Meñaca · Diseño de iluminación: Benito Jiménez · Vestuario y acompañamiento coreográfico “silla”: Roberto Martínez · Atavíos y diseño del cartel: José Miguel Pereñíguez · Acompañamiento escenografía: Pepe Barea · Técnico iluminación: Alejandro Conesa · Regiduría: Jorge Limosnita
25/09 Teatro Central, XXIV Bienal de Sevilla 2026
Texto: Manuel Cid Fernández
Fotografía: archivo fotográfico de La Bienal de Flamenco de Sevilla. Laura León











