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en el Centenario del Concurso Cante Jondo de Granada

Caracol y la gloria del flamenco, en el Centenario del Concurso Cante Jondo de Granada

Seas de la ideología flamenca que seas (y hay varias) no puedes obviar una realidad incontestable en la que pocas veces se incide, aun siendo totalmente cierta: el balance más positivo, espectacular y verdadero del Concurso de Cante Jondo de Granada que se celebró en 1922, fue el nacimiento a la luz de los públicos de una figura que llenaría horas de flamenco a partir de entonces: Manolo Caracol.  Por Caty León Benítez, escritora. Autora de “Manolo Caracol. Cante y pasión” Editorial Almuzara, 2008

 

En aquel tiempo su edad lo convirtió en el Niño Caracol, pero no fue uno de esos “niños” efímeros ni tampoco de esos fandangueros similares que pueblan el devenir de este arte, sino una personalidad colosal, nada menos que el eje de una escuela de cante que perdura con total vigencia en nuestros días a través de otro genio que le dio al caracolismo “una vueltecita”: Camarón de la Isla. Dos heterodoxos.

Junio 1922

En junio de 1922, fecha de la celebración del concurso, Caracol estaba a punto de
cumplir los trece años, pues nació el 7 de julio de 1909, según consta en su partida de
bautismo que se conserva en el Archivo Parroquial de San Lorenzo Mártir, en Sevilla. Un
adolescente que, como muchos otros nacidos en entornos familiares parecidos, era
aficionado al flamenco y a los toros, manifestaciones ambas que en su familia directa se
vivían con intensidad y estaba dando numerosas glorias. El ambiente del barrio en el que
nació, la Alameda de Hércules sevillana, estaba a tono con esas aficiones. Realmente, el
Niño Caracol no podía ser otra cosa que torero o cantaor. Y fue esto último gracias a un
privilegiado instrumento, su garganta, que lo acompañó siempre.

Niño Caracol en el centro de la imagen, rodeado de grandes del flamenco

Pocas veces se pondera el privilegiado entorno cultural en el que Caracol se dio a
conocer. El Concurso de Granada, que concitó casi tantos detractores como entusiastas,
fue un trampolín definitivo para su carrera, que pasó de la nada al estrellato. Hoy nos
puede parecer prematura esa actividad profesional en un chaval de esta edad, pero las
cosas entonces eran muy distintas. Con la edad de Caracol los muchachos trabajaban en
el campo, el mar, la construcción, los oficios diversos. Lo que no era tan normal era hallar
a alguien con tanto conocimiento del cante y con tantos recursos. Quizá no haya que
dejar de considerar el papel de su padre, Manuel Ortega Fernández, Caracol el Viejo o
Caracol el del Bulto, que era de Cádiz y pertenecía a la casa de los Ortega, tan repleta de
artistas en todas sus manifestaciones: cantaores, bailaores, guitarristas, toreros,
recitadoras, banderilleros, un verdadero recital de arte en un mismo apellido, con
interesantes añadidos por razón de matrimonio. El árbol genealógico de Manolo Caracol
daría para un libro.

Rito y Geografïa del cante Flamenco : «MANOLO CARACOL» 1972 (subtítulos en inglés)

Voz única y sabiduría precoz

De modo que fue el encuentro entre un muchacho de voz única y sabiduría precoz
y un evento en el que todo parecía conjurarse para llegar a ser un referente en la historia
del flamenco. Los organizadores (Falla, Lorca, Cerón, Zuloaga, Manuel Ángeles Ortiz…) y
toda esa constelación de nombres que los apoyaban, pusieron tantos esfuerzos en
aquella especie de locura, que alguno terminó decepcionado, como Manuel de Falla, que
mostró su cansancio de tanto trámite y tanta burocracia. Se generaron anécdotas de
todo tipo procedentes del encuentro original entre flamencos e intelectuales. Y hubo
también cosecha escrita: tanto el opúsculo sobre el cante jondo que escribió aunque no
firmó el propio Manuel de Falla, como la conferencia de Lorca o los ríos de tinta que los
periódicos fueron publicando antes y después del concurso.

Caricatura Concurso 1922

El triunfo de Caracol fue la mejor cosecha artística de aquello, porque los demás
ganadores y participantes (trabajito les costó encontrarlos según las bases del concurso)
quedaron orbitando en el mundo de los aficionados y, aunque meritorios algunos de ellos
por su esfuerzo y por sus destellos de sabor añejo, ninguno pudo alcanzar el grado de
excelencia que Manuel Ortega Juárez logró en su carrera, larga carrera y fructífera carrera
que entonces solo se adivinaba. Y gran cosa fue que su padrino artístico fuera, nada más
y nada menos, que el Papa del cante, el gran Don Antonio Chacón, que le dio una
especie de alternativa, a la par que lo avaló, después de escucharlo cantar, para que
participara en el concurso. Con Chacón acaba la época de los cafés cantantes y con
Caracol se consolida la de los espectáculos de masas, que atraían la atención de un
público diverso que no estaba dentro de la élite de selectos oyentes que tenían al
flamenco como un rito. Las puertas del flamenco se desbordaron.

Los objetivos del Concurso de Granada, en realidad, no se alcanzaron. Ese
empeño tan ingenuo de los artistas e intelectuales que buscaban la pureza de un
flamenco anclado en el pueblo y al que la profesionalización de los cafés cantantes había
dañado, terminó dándose de bruces con la dura realidad: ni existía la fuente de lo jondo
y, si había agua en alguna fuente estaba en las manos de los profesionales, que eran los
que conocían los cantes, los que los matizaban y recreaban y los que han sostenido el
flamenco desde que este existe. La palabra “profesional” tan denostada, en realidad se
reforzó después del concurso de Granada, apareciendo incluso “profesionales de los

concursos”, proliferando cantes que no se tenían por jondos y asistiendo al auge de la
ópera flamenca, con todo lo que supuso de mixtificación y de, no lo olvidemos,
abrumadora asistencia de público (que pagaba su entrada) en los espectáculos. Puede
decirse que es la puesta de largo del flamenco exterior. Una enorme paradoja que no le
resta grandeza al empeño ni valor a sus promotores.

Cabeza de cartel

Desde Granada, Caracol comienza a actuar en cosos importantes, primero al calor
del propio concurso y después en compañías que encabezaban grandes artistas. Pronto
él mismo fue cabeza de cartel y pronto comenzó a innovar, a tomar cosas de aquí y de
allá (“cositas buenas” como dice el genio Paco de Lucía, otro creador admirable que
también tuvo que sortear incomprensiones), a pisar terrenos diferentes, a producir
espectáculos que daban un paso adelante en las formas estéticas y musicales del
flamenco. La grandeza de Caracol está muy en consonancia con esa versatilidad única
que lo hacía tanto un cantaor de aficionados, de cuartito, de espacios pequeños (ay,
cuando venía hasta San Fernando y dejaba su garganta en las noches tan largas de la
Venta de Vargas…), como de grandes escenarios, de estampas teatrales, de
espectáculos variados y, dando un salto mortal, de películas. El cinematógrafo, la nueva
gran afición de los jóvenes en la postguerra, vio las posibilidades dramáticas de Caracol
y las aprovechó con sabiduría, contribuyendo así a que el flamenco (y también la copla)
compitieran en el gusto de los jóvenes con las nuevas músicas que llegaban de Italia.

La presencia imponente de Caracol en el escenario no solo tenía que ver con sus
cualidades vocales, con su corte de voz tan especial, sino también con su forma de
moverse, su vis dramática, su estilo poderoso y su buen ojo a la hora de elegir repertorio.
La creación de las zambras flamencas fue todo un hito en su carrera, pero eso no
significó nunca, como sus detractores han intentado decir, que dejara de lado el resto del
flamenco, todo el flamenco. Como hacía tanta gente, creó su propio fandango, inspirado
en el de El Almendro, pero lo cantaba todo y todo lo cantaba bien. Sin duda, una de esas
personalidades únicas en las que se concita lo mejor del genio y del ingenio.

Escuela de cante

La conmemoración del centenario del Concurso de Cante Jondo de Granada en
este año de 2022 debería servir, a su vez, para poner en valor la figura de Caracol en lo
que significó y en lo que sigue significando. Su escuela de cante, que se intentó dejar de
lado ante la pujanza, desde mediados del siglo XX, de la ideología mairenista, protegida a
todos los niveles, experimentada al máximo y apoyada por una fuerte base teórica que se
quedó escrita, es la escuela de cante que hoy perdura con mayor fuerza, la que,
partiendo de una depurada técnica abre el camino a la expresividad más absoluta; la que
toma el flamenco y lo hermana con otros sones, sin que exista discordancia alguna; la
que es capaz de presentarse ante grandes públicos y ante pequeños reductos,
proporcionando la misma emoción intensa, la misma honda sensación de que un milagro
se produce entre el cantaor y el oyente.

Allá en la Venta de Vargas tuvo lugar en su día, un día indefinido, desconocido y
sin previo aviso, el traspaso de poderes sin ceremonia, de la misma forma que se hizo en
Granada en 1922. De Chacón a Caracol, de Caracol a Camarón, casi tan niño uno y otro.
El cante de Caracol recogía el legado flamenco de su propia familia y todo aquello que
había aprendido y, lo mismo que Camarón, lo inconfundible de su voz hacía el resto. El
virtuosismo flamenco, que algunos llaman en forma despectiva “enciclopedismo”, tuvo
en ellos una alta representación. Son, a la vez, el ejemplo del genio autóctono y del
aprendizaje por transmisión.

Esa continuidad en el legado flamenco es la que produce frutos incontestables.
Nada se destruye, todo se modifica, todo se agranda y enriquece. Los cimientos
continúan siendo fuertes y poderosos, pero cada vez más llenos de creatividad, de
nuevas opciones, de formas que atraen la sensibilidad del público de una forma total.
Eso es el flamenco al fin y al cabo. Su historia se escribe a partir de las genialidades y de
las emociones. Por eso, la historia del Niño Caracol es uno de sus capítulos más
asombrosos.