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Carmen Amaya, el baile como reto al misterio

¿Quién iba decirle a esta gitanita nacida en una chabola del Somorrostro, que bailaba descalza en la playa, que iba a tener el mundo a sus pies? Desde las más afamadas estrellas de Hollywood, al presidente de Estados Unidos y hasta al mismo rey de España quedarían deslumbrados por su arte fiero y genuino, por su arrolladora fuerza y magnetismo. Un baile anclado al suelo como un imán, telúrico, poseído de la fuerza de la tierra que ascendía en torbellino hasta romper en mil pedazos el aire, estrellas invisibles que se clavaban en los corazones de aquellos que presenciaban ese espectáculo único y personal que cada noche trascendía y renovaba la fama de Carmen Amaya, La Capitana. Por Rosa Pérez Riesco. Foto@jocelynajami

Carmen nació en una familia gitana de artistas, y con tan solo cuatro años ya acompañaba a su padre, Francisco, guitarrista, y a su tía, Juana, bailaora, por las tabernas de Barcelona, donde se buscaban la vida tocando y bailando zambras. Autodidacta, aprendió los primeros pasos de su tía, y luego ella crea su propia forma de bailar antigua y moderna, libre y sujeta a la tradición, de inspiración y ritual, hipnótica, como el movimiento salvaje del mar, al que atribuía su forma de bailar: “Mi vida y mi arte nacieron del mar. Mi primera idea del movimiento y de la danza me vino del ritmo de las olas”.

Con apenas 10 – 11 años -aunque no se sabe exactamente con qué edad se profesionaliza, ya que al ser menor, sus padres añadieron algún año a su fecha de nacimiento para que la niña pudiera bailar y viajar al extranjero-, estamos hablando del año 1929 -1930, los contratan para hacer su número en el Teatro Español del Paralelo y en el Teatro Circo Barcelonés. También recorren los tablaos El Manquet, La Taurina y el Villa Rosa de Barcelona, que regentaba la familia flamenca de los Borrull.  Y bailó hasta para el rey Alfonso XIII que pidió verlas bailar zambra en un viaje de visita por el Sacromonte de Granada. Donde llegaron la tía Juana y la sobrinilla, que, sin atender al protocolo, le dijo con mucho desparpajo ¡Va por usted, señor rey!

En esta época son contratados en el Palace de París, donde se presentan como “El Trio Amaya” (formado por Carmen, su tía Juana y su prima María) dentro del espectáculo de Raquel Meller. Es probable que allí la viera Vicente Escudero, que tenía una academia y compañía propia en la capital francesa, y que, sorprendido por sus formas, asegurara que “Carmen Amaya hará una revolución en el baile flamenco, porque es la síntesis de la bailaora antigua y el estilo trepidante del bailaor en sus variaciones de pies”.

Era inevitable que su arte recorriera los escenarios e incluso estudios cinematográficos. El gran empuje viene en el año 1935, cuando el agente de artistas Vicente Carcellé la presentó en el Coliseum de Madrid. Aquí comienza la carrera ascendente de Carmen a nivel nacional. Durante dos años no para de trabajar, contratos en teatros de toda España, y en el cine, donde tiene un papel en la película La hija de Juan Simón, de José Luis Sáenz de Heredia y, un año después, en María de la O (1936), del director Francisco Elías, donde interpreta un baile en solitario, un fandango por soleá, que es una de las joyas cinematográficas de la historia del cine y la danza.

 

La Guerra Civil sorprende a la compañía en Valladolid, y decide adelantar su viaje a Lisboa, donde tenía diversos compromisos. Pasados unos meses, optan por embarcarse hacia Argentina, donde llegan en diciembre de 1936. Unos días después ya tienen contrato para su espectáculo en el teatro Maravillas, de Buenos Aires. La gira americana que iba a durar unos meses acabó durando 11 años, éxito tras éxito por Argentina, México, Uruguay, Chile, Brasil, Colombia, Cuba y Estados Unidos.

En una entrevista a un periodista de Buenos Aires, Carmen, bailaora de inspiración, que conectaba con su ser más profundo para desde dentro extraer su arte como un volcán y llegar a la catarsis entre ella y le público, le comentaba: “Me dejo llevar por la música y bailo lo que me va saliendo. Sé cómo empezar un baile y cómo terminarlo. Pero en medio no sé lo que pasa”.

Estando en América, era inevitable el salto a Estados Unidos, en una época dorada de esplendor artístico, meca del cine, de los musicales, de las estrellas de Hollywood. Carmen Amaya llega y triunfa, tanto en el teatro como en el cine. El artífice es el empresario Sam Hurok que contrata a la compañía en las más afamadas salas y teatros de Nueva York, en Radio City Music Hall, Carnegie Hall… desde hacía años la acompañaban a la guitarra Sabicas, con quien mantuvo una relación sentimental durante casi diez años, y Antonio de Triana. Tanta fama arrastra, que el fotógrafo Gjon Mili le realiza un amplio reportaje para la revista Life. Un retrato de la artista ocupa su portada (marzo de 1941).

Mítica y misteriosa dama del flamenco, deslumbró por igual a príncipes y nobles, políticos y magnates, genios de la música, como Toscanini, o del cine como Charlie Chaplin, Greta Garbo, Marlon Brando, Orson Welles o Ingrid Bergman. Toscanini, un día a verla, declaró que nunca antes había visto a una artista con más ritmo y más fuego que ella: “Nunca nadie ha dado las vueltas como ella, con tanta rapidez como perfección”.

El presidente Franklin Roosevelt le envió un avión privado para verla actuar en Washington de donde se dice que Carmen no aceptó cobrar por su actuación, pero sí aceptó un regalo del presidente: una chaqueta bolera con incrustaciones de oro y brillantes.

Tras la muerte de su padre (1946), que era el que llevaba las cuentas -dicen que Carmen no se preocupaba por el dinero, tremendamente generosa repartía todo lo que ganaba con su familia, una corte de hasta 30 personas-, vuelve a España como una diva: elegante, enigmática, poderosa. Los gitanos la adoran como a una diosa, los artistas y la jet set de la época la veneran y aplauden, la invitan a sus fiestas. Pero su baile no es de los que amenizan superficialmente una tarde, no. Su baile es trascendente, es un reto al misterio, una transformación en fuerza, fuego y pasión, como una rebelión ante lo desconocido.  Esa profundidad de su arte deja poso en su ser, en su rostro, en la pureza con que contempla el mundo, en la compasión de su mirada cuando vuelve al origen, a las chabolas del Somorrostro.

Instalada en España, comienza una gira europea que la lleva a París, Londres, Holanda, Alemania, Inglaterra, donde bailó ante la reina Isabel II y el primer ministro Churchill. En París, un sorprendido Jean Cocteau dejó su impresión poética al verla: “es el granizo sobre los cristales, un grito de golondrina, el cigarro que fuma una mujer soñadora, una tormenta de aplausos. Cuando su gente llega a una ciudad, suprime la fealdad, la monotonía, la tristeza; cual vuelo de insectos devora las hojas de los árboles. Desde el ballet ruso de Serge Diaghilev no habíamos vuelto a encontrarnos este tipo de citas de amor en una sala de teatro”.

En 1952 se casa con el guitarrista de su compañía Juan Antonio Agüero, un payo de buena familia que la adoraba. Esta es la época en la que frecuenta las fiestas de Alberto Puig, el “Tío Alberto” de Serrat, en Mas Castell en la Costa Brava donde coincidiría con Josep Pla, Jean Cocteau, Dalí y Gala. Vive una década en la que es venerada dentro y fuera de España, numerosas giras la llevan a las grandes ciudades europeas, de Estados Unidos, de Sudáfrica.

A finales de los cincuenta, Carmen, que padecía una enfermedad de los riñones, comienza a resentirse. Su enfermedad se vio agravada por el rodaje de su última película, “Los Tarantos”, un reencuentro con su barrio, con su gente, con la alegría y con la miseria… las fotos de Colita, un milagroso reportaje que nos adentra en la persona y en la artista, reflejan una mujer madura, profunda, conocedora de la vida, sabia, de movimientos precisos, mirada ausente… en la primavera de 1963, al acabar el rodaje de la película, inició la gira de verano, y en Gandía, Carmen no llegó a terminar su actuación. Estaba bailando uno de sus números, cuando de pronto le dijo a su guitarrista en ese momento Andrés Batista: «Andrés, terminamos». Eligió su rincón de retiro y paz en Begur (Girona) en una masía en la que vivió los últimos meses de su vida y donde murió.

Carmen Amaya revolucionó el baile flamenco, ofreciendo un baile propio, sin coreografía, sin reglas ni pasos estudiados. Los movimientos no obedecían a figuras estéticas aprendida sino a las emociones que experimentaba en cada momento, y fue su zapateado y la rapidez de los movimientos circulares lo más peculiar de su baile. Pasión y libertad y una capacidad extraordinaria de comunicarse con el público, de transmitir toda esa fuerza expresiva y rítmica lo que la convirtieron en lo que hoy es: un mito, una leyenda, un genio del baile flamenco de todos los tiempos.