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Carmen Amaya, única e irrepetible

 Cuando decidí colocar el flamenco en el primer lugar de mis aficiones, allá por la segunda mitad de los setenta del pasado siglo, decidí al tiempo que habría de saber de él como el que más, o casi, y especialmente, porque vivía en Cataluña y pensaba quedarme aún durante tiempo viviendo aquí, de su historia y sus protagonistas.   Por Francisco Hidalgo Gómez, escritor

Fue así que comencé a interesarme por conocer lo máximo posible de una de sus más importantes, si no la más destacada y representativa, figuras: la inmortal, imperecedera y única, la irrepetible, Carmen Amaya.

Constaté pronto que se había escrito muy poco de ella. Consulté, por ejemplo, la Enciclopèdia Catalana y me encontré con una reseña escueta y breve sobre ella y me dije que tenía que hacer algo, máxime cuando hay un antes y un después en el baile con ella. Constaté también que, además de sobre ella misma, apenas se había investigado sobre los acaeceres flamencos en Catalunya. Pareciera como si se quisiera borrar la muy rica y antigua presencia del flamenco en Cataluña, como si no hubiese sido tan rica y deslumbrante, tan universal, la carrera de de la más genial bailaora de todos los tiempos. Pareciera como si se

hubiese corrido un velo de penumbras sobre su historia.

Me empeñé, y a ello me puse, en conocer, y divulgar, mejor sus logros, sus danzas y andanzas, sus triunfos apoteósicos en los más importantes teatros de medio mundo, sus creaciones, singularidad y personalidad única y diferente, sus triunfos clamorosos por toda Sudamérica, en México o en Cuba, su conquista de Estados Unidos, de Hollywood, la rendida admiración que despertó en actores y estrellas tan conocidos y populares como Marlon Brando, Mary Astor, Wallace Beery, Fred Astaire, Orson Welles, Dana Andrews o una joven Kim Novak,  que había sido invitada, en 1943, a bailar de nuevo delante de Roosevelt, pero esta vez en el Waldorf Astoria de Nueva York, en el President’s Birthday Ball.

Supe de sus cientos de anécdotas, reales y ciertas, o imaginadas, que tanto da, míticas, al fin, que fue conocida como la famosa bailarina gitana que cobraba 2.000 dólares a la semana, que aprovechó  las estancias en Hollywood para grabar sus bailes en las películas Knickerbocker Holiday (1944), Follow the Boys (1944) y See My Lawyer (1945), que bailó El Amor Brujo ante 20.000 espectadores  en el inmenso Hollywood Bowl de Los Ángeles, que continuó bailando por todos los Estados Unidos (Detroit, Chicago, Seattle, Phoenix, Fresno, San Francisco, Portland, Pasadena, San Diego, Los Ángeles, Philadelphia, Saint Louis, etc.) de triunfo en triunfo, de admiración en admiración, que en 1956 y 1957 grabó en Nueva York con el gran Sabicas, el amor que no pudo ser, a la guitarra, los discos, Queen of the gypsies y Flamenco!

Y es que Carmen Amaya, esa mujer y gitana de personalidad singular, catalana, la más universal de su tiempo, y aún hoy, aunque a veces no se le haya reconocido, fue también cantaora más que notable. Y, claro está, bailaora genial, la más genial e irrepetible de todos los tiempos. Artista grandiosa, inmensa. Era tal la fuerza con la bata de cola, o vestida con pantalón de talle y chaleco, y el brío que ponía, el ímpetu, que se diría imposible en una mujer. Su cara de pantera hermosa, la pequeña cabecita, su pelo de azabache, los flamenquísimos brazos, su abrasadora mirada, el talle escaso, su cuerpo menudo en felina tensión… Toda ella, componían una estampa inconfundible.

Pareciera, no obstante, como si nada de ello hubiese sucedido, como si su significación artística no hubiese sido cierta, como si no hubiese sido la bailaora más universal que ha dado el flamenco. Su historia, por largo tiempo y lamentablemente, estuvo envuelta en penumbras. Un denso velo de olvido cubrió su recuerdo.

Hoy, por fin, ya nadie duda ni olvida que Carmen Amaya es un capítulo aparte en la historia del baile, es una figura inclasificable y única. Y por todo ello, inmortal. Imperecedera. Eterna. Leyenda viva. Carmen era un hermoso y bello mito de sí misma. Y nos consuela pensar que los mitos no mueren. Más bien que nacen de verdad a partir de la muerte.