Paco Montalvo es, sin exagerar, el Thibaud del flamenco: un violinista formado en la más estricta tradición clásica que ha decidido tender un puente insólito entre los grandes repertorios académicos y el universo jondo. Desde Córdoba y acompañado por un cuadro de primer nivel —la onubense María Canea al baile, Daniel Gómez a la guitarra, Miguel Gómez a la percusión y Daniel Morales y Carmen Burgos a las palmas— el artista presenta un espectáculo que celebra el décimo aniversario de su disco de oro El alma del violín flamenco, un trabajo que ya en su día marcó un antes y un después en la relación entre el violín y los palos flamencos. Texto y fotos: Antonio Martínez Aparicio, Sevilla.
La singularidad de Montalvo nace precisamente de su sólida formación clásica. Educado en los repertorios europeos, habituado a los escenarios más exigentes y con una técnica depurada hasta el extremo, el cordobés ha sabido absorber la disciplina del violín académico para después volcarla en un lenguaje propio. No es casualidad que pueda presumir de ser el violinista más joven en debutar en el Carnegie Hall, un logro reservado a quienes dominan el canon clásico con una solvencia extraordinaria. Sin embargo, mientras recorría auditorios de Alemania y otros países, el músico sentía la llamada de su tierra, esa “matria” andaluza que late en su memoria afectiva. De esa nostalgia nació la idea de unir lo que sabía —el violín clásico— con lo que añoraba —el flamenco—, creando un estilo que hoy es reconocible desde los primeros compases.

Paco Montalvo une el violín clásico y el flamenco, creando un estilo que hoy es reconocible desde los primeros compases.
Su formación académica se hace evidente en cada una de las versiones que interpreta. La Sevilla de Albéniz por bulerías es un ejemplo perfecto: la arquitectura melódica del compositor catalán permanece intacta, pero Montalvo la reviste de acentos flamencos, de síncopas y de un fraseo que respira compás. Lo mismo ocurre con su Romance Anónimo por jaleos, donde la pureza del tema clásico se entrelaza con la energía rítmica del flamenco, o con su lectura de Granada, también de Albéniz, que se convierte en un canto híbrido entre la escuela violinística europea y la emoción andaluza.
Durante las aproximadamente dos horas de espectáculo, Paco guía al público por un recorrido que atraviesa los palos más conocidos del flamenco, siempre desde esa mirada que combina rigor académico y libertad creativa. Las obras clásicas se transforman en bulerías, jaleos o tangos sin perder su esencia original, mientras el baile de María Canea dialoga con el violín en un intercambio lleno de fuerza y sensibilidad. El público no solo aprecia la técnica impecable del violinista, sino también su capacidad para conectar, para ofrecer exactamente lo que se espera de un homenaje tan especial.
El cierre del concierto confirma esa vocación de cercanía: versiones de canciones populares como Los cuatro muleros de Lorca o la célebre interpretación de Paco de Lucía de Tico-tico no fubá despiertan la ovación de la sala. Es un final festivo para un espectáculo que honra su álbum más emblemático con una puesta en escena sencilla, honesta y eficaz. Los espectadores ocasionales lo disfrutan; los aficionados más fieles, directamente lo celebran.






