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Los flamencos porque sí

Los flamencos porque sí

Somos arrieros de los caminos que llevan al cante y por ellos nos hemos encontrado a grandes e ignorados artistas, flamencos a sueldo y anónimos contadores de la historia flamenca, que nunca termina de ser contada, como la vida que continúa y fluye lo mismo que un manantial oculto.  Por Juan José Leonor. En la foto junto a José de Manuela.

Son flamencos porque sí, su expresión brota de la misma naturaleza que les proporciona un arte no elegido, asignado por no se sabe qué caprichos del destino, hay quien dice que el flamenco se aprende, pero lo cierto es que es difícil apreciar si tú lo llevas o él te trae, en cualquier caso, en todos los rincones de la geografía flamenca nos encontramos con personas que bien por su falta de ambición o por su timidez propia de artista, el miedo escénico, lo llaman, prefieren las sombras a la luz, lunáticos aficionados que ilustran con su modo de vida flamenca lo que las figuras más encumbradas siempre echarán de menos, la libertad.  Esa de antes de darse un paseíto por los lugares frecuentados por los flamencos después de sus actuaciones e intercambiar sus impresiones, pulir un cante que corre el riesgo de estar en vías de extinción, cambiar o incorporar matices que son de lo que se nutre este arte, pues los grandes transformadores son los que han hecho cosas pequeñas, pero trascendentes.

El trajín que acarrean las figuras de cartel es tan frenético que es imposible, prácticamente, su relación con el flamenco. Ellos son el flamenco, pero solo el escaparate de un mundo en el que la vida bulle en torno a una memoria, una historia de hermosa y trágica verdad, siempre presente.

La manera en la que el flamenco se ha instalado como forma de ocio cultural, tiene en los flamencos a sueldo una gran deuda, cantaores que avivan el fuego del baile cada noche, en los tablaos, palmeros con una carga de compás que levantan pasiones que más tarde, inconscientemente, reproducimos con nuestros nudillos en la barra de un bar, bailaoras y bailaores que remueven el aire dándole ese aroma exótico que hace que durante largo tiempo permanezca en nuestra memoria, como una flor en movimiento que nunca se deshoja. Todos  y cada uno de ellos, seres de la noche flamenca, son los duendes que a diario hacen posible el embrujo de dejar en otro lugar las jornadas diurnas, repletas de distracciones fáciles de olvidar, o no. Para eso está la fantasía, si es flamenca, Ole, ole y ole.