Saltar al contenido

Rocío Molina calienta el Teatro Central

Alguien dijo de Israel Galván que él es como una instalación; Rocío Molina es como un museo. La galería de sentimientos que la bailaora  expone no dejó indiferente a nadie en un Teatro Central (Sevilla)  que estuvo completamente lleno en los tres pases que ofreció la artista malagueña. Acompañada como codirector y texto por Pablo Messiez, Niño de Elche en la dirección musical y en escena acompañada por Ana Polanco, Ana Salazar, María del Tango, Gara Hernández y José Manuel Ramos Oruco, Calentamiento tomará al espectador y le hará aprender, aprender a soltarse, a desentumecerse, a sentir el sudor, a vivir una soledad buscada, y el esfuerzo físico y vital. Por Antonio Martínez Aparicio. Foto portada @SimoneFratini

No es casualidad que este Calentamiento no tenga principio ni final: una vez abiertas las puertas al público Rocío está ya en la tarima, estirando, haciendo lo suyo, e incluso al finalizar, ella permanece impasible en la tarima, con sus tablas de pie, mientras los asistentes pasan a verla y la colman de ofrendas cual imagen sacra en una iglesia. Y sí, si hay algo que podemos decir de esta obra es que está llena de rituales, de imbuir de significados cada momento, de configurar el espacio. Y es que el propio cuerpo de Rocío junto a su voz y sus tablas de pie en los primeros compases de la actuación es más que suficiente para crear una escena de la que es imposible apartar la mirada. Y todo esto durante 40 minutos, sin pausa, acompañándola en su progresivo agotamiento, en sus zapateos a doce tiempos, ciento cincuenta bpm, <<¡Date espacio, despacito!>> jadeaba mientras miraba al público. Hay que tener en cuenta, que estos ejercicios, como ella misma confesó, lleva ejecutándolos desde los 7 años, lo que hace aún más increíble que en ningún momento se haga repetido si no por el contrario, algo casi mágico.

Y es que poco a poco este Calentamiento va soltando más y más a Rocío, y esto se transmite en su comodidad. Si bien no hay cante o toque a la manera tradicional, el flamenco se siente en cada gota de  sudor, en las jechuras, en la actitud, ya sea arrastrándose por el suelo, bailando sobre una silla o controlando la respiración junto a Oruco, el flamenco más jondo sigue estando ahí. La comodidad llega a su clímax quizás cuando la artista, en su afán de alivio, de hacer cosas que realmente no sabe hacer (algo que nos comentó en el encuentro con la prensa), saca una batería y comienza a tocarla en mitad de su coreografía.

Digno de comentar me parece su cambio de elenco en escena a prácticamente todo femenino. Pudiere ser parte de ese alivio que busca la artista con la obra, pues como ella misma dijo <<Llevo desde los 7 años negociando con hombres de 54>> aludiendo claramente a lo difícil y cansado que ha sido abrirse paso en el mundo de lo jondo.

En definitiva, dos horas de Calentamiento que se hacen cortas aunque no tenga un principio y un fin establecido, en el que la bailaora literalmente no para, demostrando la ya conocida capacidad técnica y resistencia de Rocío Molina, y añadiendo unos espacios antes inexplorados por ella y en los que la artista se siente cómoda, y nosotros como público también: estoy seguro que algo floreció o se rompió dentro de nosotros al abandonar la sala. Rocío, lo has conseguido, enhorabuena.

Diseñado por Nubemedia.