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Luis Ybarra, director de la Bienal de Flamenco, sentado en su despacho junto a fotografías, obras de arte y objetos relacionados con el flamenco.

Entrevista Luis Ybarra: «hemos recuperado artistas que estaban retirados o apartados de los circuitos»

Cuidar una Bienal también implica asumir riesgos. Hablamos con su director, Luis Ybarra, sobre cómo construir una programación que dialogue con Sevilla, que atienda a su público y a su tejido cultural y al mismo tiempo pueda mirar hacia otros lugares. Una edición que recupera artistas y repertorios fuera de los circuitos habituales, revisa el flamenco de los años 20 y entiende el debate y la diversidad de propuestas como parte esencial de la vida de la Bienal.

 

Una Bienal tiene que responder a las necesidades y deseos de artistas, público y de la propia ciudad. ¿Cómo se consigue cuidar ese equilibrio?

Entiendo la Bienal como un mosaico. Hay tensiones que definen en sí la Bienal. Esa relación público-privada, esa relación con la ciudad y con el extranjero, un festival hecho en Sevilla pero hacia el mundo. Con carácter universal. Esa idea de lo local/universal. También tiene esa atención a la tradición y vanguardia, a jóvenes y maestros. A los gitanos y a los no gitanos, a hombres y mujeres. Uno cuando entra ahí, empieza a manejar todos esos equilibrios, a entender que siempre hay cierto carácter subjetivo en todo lo que uno haga.

Cada espacio de Bienal yo lo concibo como un ciclo en sí, que tiene su inauguración, su clausura y su desarrollo. De manera natural van saliendo esos artistas que son muy del gusto de la ciudad. También esos otros que apenas vienen a la ciudad y es una oportunidad para disfrutarlo. Luego aparece ese artista sumamente vanguardista, te sale ese joven valor, ese nuevo valor al que quieres darle la oportunidad. La programación te va pidiendo cosas y se va equilibrando la propia Bienal en sí a través de estas decisiones.

¿Qué papel debe jugar la ciudad para que no sea simplemente un escenario, sino que exista un tejido con la Bienal?

Sevilla no es solo un escenario, nada de lo que se ha hecho en Sevilla de espaldas a la ciudad ha funcionado. Nosotros tenemos ese deseo, quizás muy elevado, de que el sevillano sienta la Bienal como siente la Semana Santa o siente la Feria de Abril. Es cierto que es un objetivo inalcanzable aparentemente. Pero en ello se trabaja con muchísima ilusión y de muchas formas.

Primero, a través de una programación con la que la ciudad se sienta involucrada, que a la ciudad le apetezca. La Bienal pasada hicimos un estudio sobre el origen del público y pudimos comprobar que nos visitaba un 50% de Sevilla y el otro 50% venía de fuera, de otras ciudades de España, de otros lugares de la provincia y también del extranjero.

Después, además de eso, creo que es muy importante involucrar a las instituciones de la ciudad y a la afición. Por eso, además de la programación oficial, tenemos una gran actividad paralela. Ahí están implicadas las peñas, los conservatorios y otras áreas del Ayuntamiento de Sevilla. Estamos trabajando con las universidades. Así como en exposiciones con distintas fundaciones como la Fundación de Aparejadores.

Hay un amplísimo programa de actividades que pasa también por conciertos gratuitos en distintos barrios del centro. De este modo, tanto el sevillano como el que viene de fuera si visita, si pasa por Sevilla durante los meses de septiembre u octubre se va a encontrar la Bienal. Va a estar también en la calle. Además, es un festival que sucede en una serie de espacios que definen el propio evento: la Iglesia San Luis de los Franceses, el Teatro Lope de Vega, o el Alcázar, que nos regalará noches únicas.

Entendemos que un festival en Madrid, en Pamplona o en Granada tiene su propia idiosincrasia, y un festival en Sevilla tiene que ser también diferente al resto. Tener sus propios argumentos.

En esa línea, ¿qué significa para ti atreverse en cada edición, evitar que la Bienal se encasille y asumir la responsabilidad de arriesgar y generar debate?

Para mí es uno de los síntomas del buen estado de salud del flamenco y de la Bienal. La Bienal sigue suscitando debates. Eso me parece positivo: debatir, dudar, tener tus propios gustos, tus sensibilidades, eso enriquece lo que estamos viendo en escena.

Después, yo creo que el propio planteamiento de esta Bienal es arriesgado. Se trata de  una revisión del flamenco de los años 20. Se celebra el centenario del apogeo de la ópera flamenca, el surgimiento de la radio y la consolidación del flamenco en las plazas de toros. Revivimos esa revolución estética y escénica.

La programación empieza en la Plaza de Toros con un espectáculo dedicado exprofeso a la ópera flamenca. Sin ningún tipo de nostalgia y con artistas tan diferentes como La Tremendita y Ángeles Toledano con José de la Tomasa y el Ballet Flamenco Andalucía. Desde el principio ya estamos asumiendo el riesgo.

Por otro lado, se cumple el centenario de la llave de oro a Manuel Vallejo. Tenemos un espectáculo dedicado a su repertorio. Tenemos un espectáculo dedicado a Marchena, otro espectáculo dedicado a la guitarra de Montoya a través del baile, y otro que es guitarra dedicado de Rancapino chico, a la discografía de pizarra.

Es decir, la programación está trufada de este tipo de guiños, pero este concepto es muy amplio. Porque también en los años 20 estaba Vicente Escudero o la Argentinita, haciendo ya otras cosas. Efectivamente, nos encontramos con las vanguardias.

Da la sensación de que la programación tampoco está construida únicamente desde las tendencias o desde el mercado. ¿Hay una voluntad de recuperar artistas y repertorios que se han quedado fuera de los circuitos?

A mí me encanta que en alguna de las entrevistas que estamos haciendo pues ya directamente te empiecen a hablar de Manuel Vallejo, de Marchena. Digo: «Mira, algo hemos conseguido», porque cuando la tendencia marcaba otra cosa, de pronto hemos hecho una Bienal que aparentemente no es presa de las tendencias. Hay artistas de mucha popularidad, algunos muy consolidados, otros más jóvenes, pero digamos que no es todo una apuesta a lo que dice el mercado.

Hemos recuperado a artistas que estaban retirados o apartados de los circuitos. De esta manera, existe un festival con artistas que los que somos de mi generación apenas hemos podido ver en los escenarios. Yo alguno de ellos no los he visto nunca y poder ver en un escenario a todos juntos, a Curro Lucena, a Carmen de la Jara, José Sorroche de Almería, Corpas de Málaga, el Boquerón de Sevilla, uno por provincia andaluza. Ese tipo de cosas que te permite la Bienal me parecen radicalmente novedosas. Digamos que la vanguardia la encuentro en muchos sitios. Y claro, el riesgo al final opera desde distintos lugares.

 

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