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Marina Heredia: “El cante flamenco ya es lo que es; aquí ya está todo inventado”

Marina Heredia creció con la responsabilidad de quien hereda un legado sagrado, pero con la inquietud de quien necesita hacerlo propio para generar un camino. En esta charla, la granadina nos habla de su forma de vivir la tradición, su forma de inspirarse de otros artistas, del miedo que habita en las tablas y de su inmersión en la historia documentada del pueblo gitano. De la anarquía controlada del tablao a la disciplina de la música sinfónica, la cantaora nos revela que su arte no es solo una exhibición de facultades, sino un ejercicio de libertad absoluta y una herramienta de sanación. Porque, como ella misma confiesa, no canta solo para ser escuchada; canta para curar, para curarse. Por Manuel Cid Fernández.

  • Hay un escritor inglés, Chesterton, que desarrolla el concepto de «democracia de los muertos». Dice que los antepasados siguen presentes y hay que atender a lo que dijeron en el pasado para observar el presente. También dice que hay que conocer bien lo que se quiso hacer antiguamente antes de derrocar esos planteamientos. ¿Cómo tienes tú en cuenta la tradición en el flamenco y de qué forma avanzas en ese camino?

Yo creo que la tradición es muy importante porque es una seña de identidad característica y fundamental para cada cosa que abordas, no sólo el flamenco, cada cosa tiene sus tradiciones, su prisma de mirar hacia la vida. Las tradiciones flamencas son las que nos dan ese carácter, ese sello de personalidad, de reconocimiento y de diferenciación.

  • Comenzaste tu carrera muy joven, quizás en estilos más festeros, y luego fuiste profundizando hasta convertirte en una artista con más registros. ¿Cómo ha sido ese camino de exploración?

Bueno, no es que empezara solo en estilos más festeros, sino que la edad también te va dando pie a hacer otras cosas. Tienes que vivir antes de poder abordar algunas cosas en la vida.

Yo desde muy pequeña tenía claro, aunque fuera sin saberlo, que quería ser artista. Gracias a Dios en mi casa tenía y tengo a mi padre, que en un momento dado fue el que me sentó y me dijo: «Si tú quieres ser cantaora, te lo tienes que tomar en serio y te tienes que poner a estudiar si quieres ser una cantaora larga, una cantaora completa y una cantaora seria». Independientemente de que luego te identifiques más con unos palos que con otros.

  • Sobre eso que comentaba tu padre, ese sentarse a estudiar. ¿Crees que ese aprendizaje vital, el que se vive en las fiestas, en los tablaos o en las reuniones, debe ir acompañado de un método de estudio en casa, escuchando discos y leyendo?

Sí, por supuesto. Pero eso va mucho con la persona. Es como cuando tienes un hijo y quieres que estudie; independientemente de lo que sea ese estudio, el compromiso que adquieres con lo que haces, la dedicación y tu propia inquietud personal son fundamentales.


Documental «¡En Libertad! El camino de los gitanos» (Marina Heredia)

  • ¿Y cómo es tu relación con el estudio? ¿Tienes algún método específico para estudiar el flamenco?

Yo soy muy de empatía. Cuando quiero aprender un cante o indagar en algo, intento hacerlo de cantaores que me conmuevan. Si no me llega la emoción, me resulta muy difícil aprenderme ese estilo o lo que sea que esté escuchando. Para mí es importantísimo también el contenido del texto, las letras que se cantan. Mi estudio se basa principalmente en eso: en el cantaor y en lo que se canta.

  • A la hora de trabajar y estudiar, te encontrarás con ciertos límites. ¿Qué entiendes tú por esos límites y a cuáles te enfrentas como cantaora?

Yo creo que los límites te los pones tú misma con tus miedos y tus inseguridades, y los artistas de eso sabemos un poquito.

Hay inseguridades que un día son absolutas y al día siguiente ya no existen. Sin darte cuenta, muchas veces superas esos miedos y esos “imposibles” que el día anterior creías insalvables. En mi caso, es algo muy anímico.

Por ejemplo, ahora con el disco que estoy preparando ¡En Libertad! El camino de los gitanos, con orquesta, la parte sinfónica está siendo un reto vocal muy difícil. La ejecución es compleja, incluso estando compuesta a mi medida. Ha habido puntos que me han costado una barbaridad interiorizar y verlos claros. Y si no lo ves claro, cuando llegas al sitio, te «caes». Recuerdo que El Bola (José Quevedo), que es uno de los autores, me decía en los ensayos: «Pero comadre, si esto tú lo haces». Y yo le respondía: “Sí, Bola, yo lo haré, pero ahora mismo no lo veo”. Luego llegó el día del estreno, pasé por el sitio y ni me enteré. Son estados anímicos e inseguridades del momento, pero que luego se resuelven.

  • Has trabajado con la Fura dels Baus o la Orquesta Ciudad de Granada con El Amor Brujo. En esos registros ¿cómo cambia tu papel como cantaora al ser «un instrumento más» dentro de una orquesta?

He tenido que hacer un ejercicio de aprendizaje importante. No es sólo llegar y cantar. Tienes que entender que la libertad o la «anarquía» que tenemos nosotros en el escenario, con una orquesta es imposible. No puedes entrar dos compases tarde ni salir antes, porque se puede formar un lío tremendo.

Luego tienes que aprender la dinámica del sonido, porque cuando una orquesta aprieta, es difícil, te come. Tienes que saber manejar eso, no puedes estar todo el rato cantando arriba, ni tampoco cantando suavecito, tienes que conocer todas esas dinámicas, conocer al maestro (director), que es la figura indispensable que une a todos los músicos. Es una dinámica de trabajo totalmente distinta a la nuestra. Hay que aprender a trabajar con la orquesta.

  • Habrá partes de aprender pero también un proceso de desaprender.

Claro, llegas como un folio en blanco. Sabes lo que tienes que cantar, pero hay que encajarlo. En un escenario con una guitarra y dos palmas, sabes que vas a cantar por alegrías, pero no sabes exactamente qué alegrías, ni cuántas letras, ni la velocidad que vas a coger, y no pasa nada, ese es uno de los grandes atractivos del flamenco, ese «idioma invisible» que todos conocemos. Pero con noventa músicos y un director, tienes que ser una más y moverte siempre dentro de unos márgenes.

  • Claro, este “lenguaje invisible” es fundamental en el flamenco. Hay una cita de Oscar Wilde que dice: «Mientras quede el menor signo de técnica en el cuadro, no estará terminado». Esto me recuerda que, a veces, un registro técnico perfecto no llega a emocionar porque le falta esa parte genuina, ese lenguaje personal. ¿Qué piensas tú de eso que ocurre en el flamenco?

Estoy totalmente de acuerdo. La técnica la tienes que tener, por supuesto, pero luego el arte te tiene que invadir en ese momento para poder crear. Ahí es donde nace tu personalidad, tu ilusión y donde sueñas lo que te gusta hacer. Pero ojo, todo eso tiene que estar construido sobre una base muy sólida; si no, no se puede inventar ni disfrutar nada.

  • En la historia del flamenco y del pueblo gitano hay muchos aspectos que se han mitificado o incluso omitido. En tu trabajo reciente has buscado una mirada más profunda. ¿Cómo trabajas sobre esa mitificación?

La mentira siempre hace daño. En este trabajo (¡En Libertad!) me he rodeado de un equipo muy sabio, entre otros con mi primo Alejandro Heredia, que es profesor de Historia Antigua en la Universidad de Granada. Nos hemos basado en su investigación y en documentos reales. No es un «me dijo fulanito», es historia documentada. Yo necesitaba saber realmente de dónde venimos y por lo que hemos pasado, no solo para el público, sino para mí misma.

  • Ante esa opresión histórica con el pueblo gitano a lo largo de su recorrido, ¿cuál dirías que es tu función como artista?

Mi función es trasladar el mensaje a través de mi cante; es la forma más fácil y la que más me gusta. Me encanta salir de actuar y que la gente me pregunte, que me digan «yo no sabía esto». Lo siento como una labor divulgativa.

Pero más allá de la historia, quiero dejar clara la idiosincrasia del gitano. Como en todos lados, hay de todo, pero a rasgos generales somos gente que no necesita muchos bienes ni mucho dinero para ser feliz. Basamos nuestra vida en la familia, en celebrar lo bueno y lo malo cantando y bailando, nos gusta mucho comer, nos gusta mucho reír y sobre todo en la libertad absoluta: de movimiento, de pensamiento y de creencia. Eso es un rasgo fundamental para nosotros.

  • Para terminar, recordando a Enrique Morente cuando decía que no cantaba solo para que le escucharan o porque su voz fuera buena, sino que él cantaba para que se le fueran las fatiguitas y las penas ¿Para qué canta Marina Heredia?

Pues yo canto para poder seguir viviendo y respirando. Y para curar. Que a través del cante, se cura todo.

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