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Israel Galván acude a La Gira del Norte con La edad de Oro

El artista sevillano ofreció un espectáculo flamenco lleno de espacios invisibles, sombras y complicidades en uno de esos Jueves Flamencos que nos lleva trayendo el Teatro Bretón de Logroño desde enero de este 2026. texto: Manuel Cid Fernández

El consolidado bailaor nos regaló ayer, en un teatro repleto, un ejercicio flamenco, caracterizado por el juego, el descubrimiento y la valentía.
Hace poco Almodóvar decía en una entrevista en el podcast La Pija y la Quinqui, que el éxito es decidir qué tipo de película hacer, y es que cuando vemos a Israel bailar sabemos que realmente está haciendo lo que quiere, decidiendo con libertad lo que hacer y cómo hacerlo.

Israel Galván en un escenario hace que la experiencia estética se convierta en un evento de sorpresa, fascinación, incluso intriga. El entendimiento pierde su valor cuando vemos un ejercicio tan libre, y es que para qué necesitamos comprender cuando vamos a contemplar.
En este espectáculo que cumple su 20 aniversario, pudimos ver cómo retomando una pieza antigua se veía dialogando con movimientos y formas de obras más nuevas como ese Israel & Mohamed del 2025, donde aborda las heridas de la infancia, de un joven Israel que quería
ser futbolista. Pases de fútbol y alguna carrerilla de calentamiento se pudo entrever en los zapateos, siempre con el compás tintineando detrás de la oreja, acompañándolo con la gracia y el estilo que le caracteriza.

María Marín y Rafael Rodríguez, al cante y al toque respectivamente, conformaron un número muy prodigioso, destacando en unas bulerías. Estos tres artistas se iban intercambiando el protagonismo, primero Rafael encarando la guitarra por medio, por abajo y por arriba, con unas falsetas que lo mismo iban por Jeréz que iban por Morón, con virtuosismo y soniquete; luego la polifacética María encontrándose con unas letrillas muy flamencas, de esa edad de oro, acompañada solamente con sus palmas; terminando con Israel bailando, dándose el compás, probándose los sonidos de su cuerpo, de sus ropas, del suelo, descubriendo las oportunidades sonoras que ofrecía el propio escenario.

El juego de luces creado por Benito Jiménez, de Los Volubles, fue destacado. La sombra de Israel se conjugaba en el escenario con el propio bailaor, a veces incluso hacía parecer que era la sombra la que ganaba ese duelo único. Israel consigue el difícil ejercicio de que lo
siniestro y lo hilarante convivan con seriedad y verdad.

El sevillano es un gran heredero de Vicente Escudero, aquel bailaor que decía que rompía hasta las tapas de las alcantarillas, en las que dió sus primeros taconeos, probando y comprobando las distintas resonancias. Israel nos recuerda al genio de Valladolid en su
forma de explorar, en estar dispuesto al cambio, en la forma que tiene de jugar, en la forma de tomarse en serio el juego, la diversión y el respeto. Jugar como juega Israel con el flamenco es una muestra de amor y respeto por este arte, y es que, como dijo Jung en su
Tipos Psicológicos: “La mente creativa juega con el objeto que ama”.

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