Comienza el espectáculo, la luz va desapareciendo progresivamente hasta ser absolutamente absorbida por la oscuridad; una oscuridad que la noche del viernes 29 de mayo convirtió el Teatro Central y sus recovecos en un continuum, un abismo completo que envolvió al público desde los primeros arpegios del jienense Pedro Rojas Ogáyar. Por Antonio Martínez Aparicio.
Abismo, dolor, confusión, esperanza, desesperación… todas las visicitudes de una pérdida nos evoca este réquiem de Rocío Márquez, a caballo entre la performance y la música experimental, la onubense desdibuja los límites semánticos del flamenco, donde la rectitud formal de los palos propuestos se pierde entre la pedalera de efectos y la guitarra eléctrica de Pedro, los gritos, sonidos ambientales, cantes muy alargados de Rocío y los claroscuros ocasionados por el juego de luces de la puesta en escena.

Y hablo de performance puesto que Márquez se apoya no sólo en la palabra (sobre todo en la del poeta Roberto Guarroz, de quién toma inspiración no sólo para el título, aunque también hace otras alusiones literarias), a la vez se sirve de cuantos recursos teatrales puede, llegando en momentos incluso a la improvisación.
Un ambiente(muy importante en esta obra) etéreo, magnificado por lo teatral, en el que todo contribuía a configurar el espacio: de repente la sala no era sala, si no un abismo profundo, que incomoda por su verdad, la eterna lucha interna por aceptar la muerte, la perdida de alguien querido e insustituible, la huella imborrable que deja la sombra de aquella persona que se añora.
A pesar de la arriesgada apuesta, la sala estaba absolutamente llena y al finalizar, el dúo protagonista se ganó un bis de ovaciones por parte del público, todos en pie aplaudiendo y jaleando. La artista respondió regalando un momento precioso que sumó aún más a este Himno Vertical: Rocío bajó de la tarima y a pie de butacas, a pleno pulmón, interpretó un fandango a capella que hizo las delicias de los aficionados. El broche de oro para una noche de reflexiones.





