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Israel Galván presenta Bolero de Blanco y negro en el teatro de La Maestranza, Sevilla, a 26 de septiembre de 2026. Fotografia:

Israel Galván: entre el sueño y la «ravelación»

Israel Galván estrenó Bolero de blanco y negro en el Teatro de la Maestranza dentro de la XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla. A partir del Bolero de Maurice Ravel y de la tradición popular del bolero, el bailaor sevillano construye una pieza de ritmo, humor, juego y extrañeza, donde conviven el flamenco, la música clásica y la experimentación.

Israel Galván estrena Bolero de blanco y negro en la XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla

 

¿Qué entendemos por un espectáculo completo? ¿Qué entendemos por un espectáculo flamenco? 

¿Qué siente un artista justo antes de estrenar una pieza como esta, que sabe que va a impactar y llamar la atención?

Según la RAE la primera definición de bolero es: persona que dice muchas mentiras, la segunda, persona que ejerce o profesa el arte de bailar el bolero o cualquier baile regional de España.

En lo que duró la actuación, la gente permaneció sentada, a veces risas, algún ole, y muchos ojipláticos ante tremenda obra.

Es difícil otorgarle adjetivos a una pieza como esta, iremos probando algunos, aunque no estarán a la altura de lo que se vio y despertó.

Emociones, ¿A qué emociones nos lleva una pieza como Bolero de blanco y negro? ¿A qué se refiere con el blanco y negro? ¿Qué quiere decir del bolero? Ravel y Moncho. Los boleros encontrándose. Uno el de la blanquitud del pais vasco francés, otro de la gitanería barcelonesa. Lo blanco, lo negro.

En unos convulsos años 20, la bailarina Ida Rubinstein encargó a Maurice Ravel que le preparara un ballet de carácter español. Ravel compuso esta pieza, Bolero, melodía repetitiva y ritmo invariable. Lugares y formas altamente inspiradoras para el bailaor sevillano.

Israel continua en su búsqueda personal, en la necesidad de encontrar un lenguaje que le satisfaga, le divierta y le obsesione.

¿Para que se crea? Israel nos devuelve la esperanza, no tanto en el flamenco, que también,  sino en la vida y en el futuro. Recordándonos que se puede ocupar la vida de una forma divertida y honesta, atendiendo a los ritmos y deseos que puedan aparecer. Y es que la honestidad que tiene Israel Galván hace que su arte no sea condescendiente, y se vea profundo, valiente e íntegro. Su búsqueda va más allá de lo que el público pueda esperar o desear, su búsqueda parte del flamenco como base, como punto de partida rico y potencial, y de ahí explora los límites; acercamientos y derivas que le ofrece un arte vivo y en movimiento.

Israel aprovecha sus cualidades, su afán por seguir mirando hacia adelante, por no acomodarse y presenta este espectáculo mágico, divertido y altamente sonoro.

¿Y qué ocurrió en el Maestranza? 

Israel al baile, Juan José Amador al cante y al toque con una guitarra pequeña, y José Carrasco a la percusión, cajón flamenco, congas y cajas. 

Israel con su ya indispensable mandil, que enaltece su juego de piernas, un desde arriba, omite el efectismo que puede generar el movimiento de caderas, al no tener tela por detrás, y rescata unos gestos más cercanos, más cotidianos. Y su bolsillo en la parte delantera, del que va metiendo y sacando objetos, el bolsillo de Doraemon, el bailaor cósmico. 

Menos bombas y más bombetas, nos divertimos en pensar al salir henchidos y jolgoriosos del espectáculo. Israel tiraba, le tiraban y pisaba centenares de bombetas, aquel juego infantil que se compra en ferias para asustar y divertir, que no hace daño pero asusta, asusta pero divierte por esa cualidad que tienen las cosas que en un principio dan miedo, pero que una vez que ocurre y le ves lo inofensivo te ríes, sonríes y ya no quieres parar, un subidón que da el susto infantil, medio ingenuo. 

Y los boleros, Bésame, bésame mucho e Israel jugando con los gestos, con las manos y los pies. Los efectos clowns, la seriedad de la risa.

Galván después de experimentar con sus piezas desde la transformación y la incomunicación con Metamorfosis, el apocalipsis en El final de este estado de cosas, redux, el recuerdo de un pasado convertido en un presente en La edad de Oro, el cambio y el vacío que eso genera con Tabula rasa, la tensión del silencio en Solo, la violencia y la muerte en Arena, el homenaje vertiginoso en La curva, entre otros, apuesta en esta ocasión por desnudar al bolero, quitarle pomposidad, colores, dejarlo blanco y negro.

Manteniendo la obsesión rítmica del propio Ravel en todo el espectáculo, eliminando la orquesta, dejando solo a los dos pianistas clásicos Andrea Rebaudengo y Gerard Bouwhuis que hagan con sus pianos delicias interpretativas. 

En este espectáculo se propone un salto de ese bolero clásico, español, que ya el folclorista vasco Iza Zamácola, “Don Preciso” comenta a finales del XVIII, que provenia de la seguidilla. Eso interesa a Israel, esa trasmisión, esa evolución, ese carácter indeterminado y no completo del bolero de Ravel, esa posterior adapatación de vuelta a lo más folclórico, a lo más popular, que autores como Moncho, el gitano bolero, resiginficó con aquel mítico “Bésame”, ese “procuro olviarte”, entre otros. Todo esta transmisión de lo popular a lo clásico, y vuelta a lo popular, lo consigue gracias a una ejecución onírica, una sensación de no saber qué ha pasado, como al despertarte de un largo sueño, en el que sabes que no has parado en toda la noche pero solo recuerdas la sensación y algunas imágenes sueltas.

Durante la noche del 26 de septiembre en un Teatro de la Maestranza repleto, se produjeron imágenes potentes, destellos de arte, atrevimiento, verdad, flamenco, diversión, sueño. Como cuando la niña francesa Ilona Astoul comenzó a lanzarle bombetas a Israel mientras bailaba; cuando se arrancaba por boleros con una ejecución excepcional; cuando comenzó a recitar e interpretar con una cadencia muy teatral letras de soleares mientras Juan José Amador, con esa mini guitarra le acompañaba “tú vienes vendiendo flores, las tuyas son amarillas, las mías de tos colores”; cuando con su acento francés presentaba a los músicos errando en su nombre, llamando a Israel en más de una ocasión Ismael Galán. La actriz francesa estuvo espléndida, manejando unos tiempos, ocupando el escenario con amplitud, enérgica y resuelta. Salida de un lugar de ensueño, acompañante de esos mundos de Alicia en el País de las Maravillas, produciéndose transfiguraciones de la materialidad de los elementos, como en el momento que arrojó contra el suelo unas maracas y se hicieron añicos sin ruido; generando sensaciones Lynchenianas, era el gigante y el enano de Twin Peaks, que venían a susurrarnos pistas e insinuaciones de aquel misterio estético.

Otro de los momentos de la tarde noche sevillana fueron los vividos por parte de Nathalie Seseña. La mítica actriz española, perteneciente ya al imaginario popular español por su interpretación en la famosa serie de TV La que se avecina, apareció en el escenario con un monólogo acerca del bolero. De la pasión que despierta, tanto por lo que anima el espíritu como por la afeción vehemente que despierta en el cuerpo “más abajo, más profundo, hasta el suelo”. La parte discursiva de la obra, con un “el bolero es lo que pasa entre la vida y la muerte”. “Sol, entra en la noche, y se encuentra un cuerpo y lo palpa y lo toca y empieza el movimiento más antiguo de la tierra”. El contoneo de un cuerpo, de dos cuerpos, de más cuerpos que entre colores y oscuridad se encuentran en un baile sin fin.

“Y es que, como veis, a Alicia le habían pasado tantas cosas extraordinarias aquel día, que había empezado a pensar que casi nada era en realidad imposible.” Alicia en el país de las maravillas. Lewis Carroll 1865

Ficha artística: Dirección artística, coreografía y baile: Israel Galván. Música: Maurice Ravel y Ramón Calabuch Batista (Moncho). Arreglos musicales: Andrea Rebaudengo. Piano: Andrea Rebaudengo y Gerard Bouwhuis. Cante: Juan José Amador. Percusión: José Carrasco. Voz: Ilona Astoul. Con la colaboración especial de Nathalie Seseña. Dirección técnica y sonido: Pedro León. Diseño de iluminación: Benito Jiménez. Vestuario: Micol Notarianni.

Crónica de Manuel Cid Fernández.

 

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