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Presentación Suma Flamenca Joven 2026

La Sala Verde de los Teatros del Canal acogió la gala de presentación de Suma Flamenca Joven 2026, una muestra del talento de una nueva generación de artistas que encuentra en el cante, el toque y el baile distintas formas de recorrer y renovar el flamenco.

Recorriendo el escenario de un cielo escondido entre sombras y quejíos  

Una nueva temporada se estrena con el descubrimiento de los nombres de aquellos jóvenes que buscan sumarse a la ya larga lista de artistas que han formado parte de la Suma Flamenca Joven. Aun resultando cada vez más insuperable, la programación saca a la luz una talentosa tanda de artesanos del flamenco que se expresan con un nivel impecable en el toque, el cante y el baile.

Y así, con cada vez más jóvenes dispuestos a dedicar todo su tiempo a vivir de lo que más aman, el escenario de la Sala Verde de los Teatros del Canal nos vuelve a recordar que el flamenco es un arte cambiante y en constante necesidad de renovarse.

Como tal vez no lo hubiéramos imaginado hace unos años cuando este festival comenzaba a rodar, abría la gala de presentación el nombre de Niño Ruven, un fagotista entusiasta de esta música que, como tantos otros valientes, decidió adaptar su instrumento a las melodías hipnóticas de nuestro arte. Con la imagen de dos sombras que se enlazan, llenaban las tablas de sentido él y su guitarrista, José «El Macareno», a quienes más adelante sumaba su silueta danzante Víctor Mayol. Tal vez simulando una fusión entre dos tiempos que se unen, el sonido de aquel instrumento evocaba a un lugar semejante al que construyeron hace tiempo las melodías árabes. Lentamente, y con un cuidado exquisito, aquel conjunto de elementos se volvía un hermoso cuadro, observado desde lejos. Una mezcla entre el soplado sonido del cuerpo de aquel novedoso instrumento de viento, cantaba junto a las cuerdas pulsadas de la guitarra mientras conversaba con un inquieto taconeado de los pies del bailaor. Una historia que comenzaba en la noche evolucionaba hasta el amanecer.

Continuaba la velada la voz de la madrileña Laura Reyes. Una voz de esas que se escuchan pocas veces pero con las que uno desea encontrarse una y otra vez. Desde el amanecer regalado por las melodías anteriores, el sonido de su garganta hacía explicar sin palabras esa expresión de que «desde Madrid se va al cielo», y al retorno de la dulzura, la firmeza y lo delicado. Embobados por ella, recorría las butacas la sensación de estar lentamente encontrándose con una cercana y querida expresión de amor. La propia queja flamenca parecía difuminarse al compás de una soleá pausada y cuidada, guiada por las manos del guitarrista Antonio Patrocinio, hasta despertar entre cantiñas como en una gran fiesta celestial. Una voz joven y sencilla, pero llena de personalidad y carisma que, desde su timidez, logró alterar el sentido del paso del tiempo.

Sumidos en el profundo sueño de quien disfruta tanto de lo que está viviendo que no quiere nunca despertar, aquel cielo infinito presentó su imagen final tras la subida del telón: la de un ángel. La figura de la bailaora Ana Almagro se lució sobre el escenario como un hermoso ser blanquecino evocador de la textura amable de las nubes y el tranquilizante movimiento de las olas del mar. Moviendo elegantemente su bata de cola formada por sus esponjosos volantes, presentaba sus pasos unida a las lejanas voces de dos flamencos, Antonio Campo y José Luis Hernández, que se dejaban llevar por los acordes de una guitarra, la de Marcos de Silvia, y el firme palmeo de unas manos amigas como las de La Tacha. En un diálogo al que no hacía falta poner ni una sencilla palabra, aquella figura fue pasando por los diferentes estados del flamenco. Un recital sobre la alegría, la pena y el lamento en el que no faltó nunca un elemento que lo expresase.

Un cierre perfecto y un público entusiasta feliz por lo vivido. Una muestra más de la necesidad de seguir construyendo en la juventud el tesoro de nuestra cultura. Y con ello, la presente imagen de que el cielo, para los flamencos, debía ser algo similar a lo que acababa de verse. Un espacio novedoso, cuidado, creativo y talentoso. Traído desde distintos lugares y perspectivas pero llevado siempre hacia un mismo sentimiento, el de entenderse desde la plenitud.

Crónica de Natalia del Buey

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