Una investigación de Kiko Mora revisa la identidad del bailaor que aparece en una película de los hermanos Lumière, rodada en París durante la Exposición Universal de 1900 y atribuida hasta ahora a José Otero. A partir de la prensa de la época y de nuevas pistas documentales, Mora plantea que el protagonista podría ser Jacinto Padilla, conocido como El Negro Meric o El Mulato Meric, y abre una nueva vía para acercarse a la presencia del flamenco en el París de comienzos del siglo XX.
A K. Meira Goldberg

Observen la imagen que sirve de pórtico general a este post. Pertenece a una película rodada para el cinematógrafo de los hermanos Lumière durante la Exposición Universal de París de 1900. En ella aparecen siete personajes sentados, dispuestos a la manera de un cuadro flamenco. A la izquierda de la imagen se ve a un hombre vestido de estudiante. Los que hemos demorado la atención en la película sabemos que está a punto de arrojar su cigarrillo y comenzar a dar palmas. El siguiente personaje masculino, flanqueado por dos mujeres y ataviado con chaquetilla goyesca y sombrero calañés, se dispone a cantar. Luego se levantará con un ligero brinco de la silla para acometer algunos pasos de baile, con el aire guasón que el flamenco posee al contaminarse de la mojiganga taurina. Pinchar aquí para ver película.

Nos vamos a centrar en el personaje que baila. Hasta ahora, los investigadores que se han encargado de comentar esta breve película, de apenas 35 segundos, consideran que el bailaor es el maestro bolero sevillano José Otero. José Luis Ortiz Nuevo así lo afirmaba en Coraje. Del maestro Otero y su paso por el baile (2013, p. 9). Un año más tarde, José luis Navarro se tentaba algo más la ropa al afirmar en su primer volumen sobre cine y baile: «En 1900, los Lumière volvieron a filmar otra escena de baile andaluz. Fue al grupo del maestro José Otero durante su visita a París con ocasión de la Exposición Universal de ese año» (La danza y el cine, vol. 1, 2014, p. 28). Finalmente, el antropólogo Jose Antonio González Alcantud ha comentado muy recientemente que «se conoce una grabación de unos pocos segundos de los hermanos Lumière, donde se ve bailar al sevillano José Otero, puede que por bulerías» («Andalucía ‘en el tiempo de los moros’», Andalucía en la historia. Dossier Resistencias cotidianas, año 14, nº 52, 2016, p. 55).
Probablemente, el prestigio merecido de estos investigadores haya dado carta de validez a tales afirmaciones coincidentes, mientras que los blogs especializados y las noticias de prensa han servido de caja de resonancia para consolidar esta versión. El fenómeno se asemeja a una anécdota que contaba Umberto Eco sobre los grabados de rinocerontes realizados por Alberto Durero: los cuadernos de dibujos de los exploradores y científicos que recorrieron África en los siglos posteriores contenían ilustraciones y bocetos de rinocerontes cuyo diseño era más fiel al modelo del artista alemán que a los ejemplares reales con los que se encontraron.
Como los dibujos de aquellos viajeros, la presencia de Otero en esta película siempre me pareció, no soy el único, puro espejismo. Un personaje que se cuela en la toma a modo de palimpsesto. Porque ninguno de los trabajos de estos investigadores aporta fuente documental alguna, excepto la propia película, que permita atestiguar la estancia de José Otero en el París de 1900. En principio, parecería que la película pudiera bastar como prueba, pero, ¿es realmente el maestro sevillano uno de sus protagonistas?
La propuesta que quiero exponer parte de la observación detenida de la película, el mismo procedimiento, intuyo, que debe haber servido para la identificación del protagonista por parte de los investigadores mencionados. Sin embargo, la película me parece una prueba irrefutable de que no puede ser el maestro Otero por la sencilla razón de que ese hombre que aparece en la escena es un cantaor y bailaor negro.
En busca del protagonista
En el catálogo de la producción cinematográfica de los hermanos Lumière, la película lleva por título «Danse espagnole de La Feria Sevillanos». Ello indica que se trata del cuadro flamenco que actuaba en el restaurante La Feria, situado en las galerías inferiores del Pabellón de España, en la Rue des Nations, y donde todas las noches se anunciaban «danses gitanes» y «danses espagnoles».


Unos días antes de la inauguración del pabellón español el 9 de mayo de 1900, la Sociedad de Economía Industrial y Comercial ofrecía en el Hotel Continental una cena de honor al señor Salandra, ministro de comercio de Italia. Tras la cena, se ofrece un entretenimiento musical y dancístico:

El nombre del restaurante, pues, había servido para identificar a la estudiantina que allí actuaba y, de paso, señalar algunas de las bailarinas del espectáculo: «Mlle. Pena et Aguilera».
En ese mismo mes, el escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo realizaba un apunte sobre la presencia de los artistas contratados en el restaurante:
En el fondo, sobre un estrado, dos chicas morenas, ligeras, serpentinas, dan cuatro pataítas con muchísima gracia. Son las hermanas Peña, según creo. Una de ellas, con su mantón, está muy agradable, pero la otra está más agradable aún vestida de torero, con sus medias estiradas y sus pantalones ajustadísimos. Una cosa extraordinaria en ellas es que no se hagan llamar ni “bellas”, ni “bonitas”, como todas las demás españolas de París. Son “Las Peña”, sin más. Felisa y Juana, cuarenta años entre la dos, finos talles y lindos ojos. Bailan para ganar los garbanzos de la familia, y cuando acaban de bailar se marchan a su casa, modestitas, saltando como pájaros por las calles, sin volver nunca la vista. ¡Pobrecillas! Deben de haber nacido en Triana… El padre era sin duda un capitán que murió en Cuba y al tener quince años….
Un caballero de grandes barbas de cosaco, interrumpe la novela que me forjo yo mismo, gritando a mi derecha:
¡Otra copla¡
Pide otra copla de Sevillanas. Yo pido otra copa de Manzanilla. A mí me la dan y a él no. – Es porque yo no la he pedido a gritos, caballero.
…Un guitarrista ahora, “Salmerón”, – dice el programa.
¿Salmerón guitarrista? Toca gravemente, sin hacer vibrar un solo músculo facial, sin sonreír, sin entusiasmarse. ¡Pero qué bien toca! Instintivamente y aun desconociendo las delicadezas del rasgueo clásico, los franceses aplauden. Cuando Salmerón acaba, mi vecino grita de nuevo:
¡Otra copla!
Todo es copla para este hombre de las barbas de cosaco.
Al final, la estudiantina toda, con el célebre Pepe Fernández a la cabeza, ataca la Marcha de Cádiz… ‘Vi-va-Es-paá-ñá-á’.”
«La Exposición de París al día», Nuevo Mundo, 30-5-1900, p. 12.
Apenas unos días más tarde, otra noticia de un diario de Tenerife nos ofrece una información muy sustancial de los nombres de los artistas de La Feria:
El Marqués de Villalobar, de quien puede decirse que ha secundado al señor duque de Sesto hasta convertirse en alma del Comisariado español ha tenido una excelente idea al autorizar en el subsuelo del Pabellón Regio de España la exhibición del canto y baile flamencos.
Un lucido cuadro en que ha figurado María la Bonita, presentada hace años en Le Figaro por D. Eusebio Blasco, y el célebre guitarrista Meric, que acompaña, jalea, se canta y se baila como en sus mejores tiempos, completan la sensación de españolismo con que se sale del Pabellón Regio después de haber admirado la estatua de Velázquez presentada por Benlliure, lo mismo que un busto, en mármol, del Duque de Denia, que ha valido a dicho artista grandes elogios.
Sirve de brillante marco al cuadro flamenco (en el que también figuran las hermanas Peña, que bailan con mucha gracia unas sevillanas, y las hermanas Aguilera, (que se distinguen en la gallegada) una excelente orquesta de bandurrias y guitarras dirigida por Fernández y Sancho, compositores ambos de méritos y autores respectivamente de dos marchas tituladas La española dedicada por Fernández al Sr. Marqués de Villalobar y La Feria, escrita por Sancho con dedicatoria al Sr. Duque de Sesto.
-¿No es verdad (me decía Rodolfo Molina) que exageran un poco estas muchachas el baile flamenco?
– Sí, pero se les puede perdonar por lo guapas que son, objetó la bondadosa señora de mi amigo.
El guitarrista Salmerón inició algunos arpegios flamencos, y se arrancó a cantar el Meric….
Y cuando la fiesta terminaba con la jota aragonesa, expresada con inimitable sentimiento por Moreno y diestramente ejecutada por el pandera [sic] Arriaza, vi que la señora del rico murciano se enjugaba las lágrimas de ternura, como si en el quejumbroso acento de los aires flamencos y en las notas enérgicas de la jota hubiese visto resurgir de los albores de un siglo que se acerca nuestras pasadas glorias.
“La Exposición de París”, La Opinión, 6-6-1900, p. 2.
Una crónica aparecida en un diario parisino, revelaba también que «Les Espagnols s’entassent à la Feria pour acclamer La Carito, et à l’Andalousie pour hurier d’enthousiasme quand Pepe, riposte par son trémoussement frénetique aux ardentes contorsions de la gitane, tandis que s’accélère jusqu’à la furie le rythme des mains et des talons….» (Le Journal des Débats Politiques et Littéraires, 15-6-1900, p. 2). De la cita se infiere, por tanto, que eran dos compañías distintas y dos espectáculos distintos (nombrados en cursiva en el original) los que contenían programas de música y baile españoles.
Santiago Romo-Jara, el mismo que firma la descripción del diario canario, escribiría al mes siguiente otra crónica periodística desaconsejando la impropiedad de ese espectáculo en el pabellón español, aunque, aún en caso de suprimirlo, era consciente de que la moda hispanófila en Francia haría que otros empresarios de la noche parisina pudiesen permitir «que deje oír su sentido cante hondo y guajiro el notable artista mulato, o para que luzca su graciosa y esbelta silueta Emerita [sic, Mariquita] Martínez» («La Exposición de París», El álbum iberoamericano, 22-7-1900, p. 2).
A Agustine Dorchain, otro visitante de La Feria, tampoco le pasó desapercibida la presencia de un mulato, al que se le atribuye la función de cantaor y palmero, en su descripción del tablao construido en el restaurante:
Au fond son rangés les musicienes, -guitares et mandolines,- et, parmi eux, sans instrument, un enorme mulatre, qui resemble a Dumas, père et qui est plus spécialement chargé des vociférations et des claquements de main dont s’acompagne la danse»
«Notes de la Semaine», Les Annales politiques et littèraires, 1-7-1900, p. 2
A lo largo de los meses de julio y agosto, la troupe flamenca del restaurante La Feria fue integrando a nuevas bailaoras:

Estos extractos de las crónicas parisinas de 1900 nos permiten señalar con bastante fidelidad el elenco que participaba en el restaurante de los sótanos del pabellón español: las hermanas Juana y Felisa Peña, procedentes de Sevilla; las hermanas Amparo y Margarita Aguilera, de Málaga; el guitarrista Eduardo Salmerón Clemente, de Almería; Anita Reguera, de Mallorca; María La Bonita (María Ruiz), de Málaga. También se encuentran la coreógrafa y bailarina Mariquita Martínez, Matilda León, La Carito, Mera Arriaza (Emerita Arriaza, hermana de la bailarina Aurora Arriaza, e hija del maestro de baile Domingo Arriaza), la estudiantina zaragozana liderada por José Fernández y José Sancho, un cantante de apellido Moreno, y un artista polifacético que toca la guitarra, hace las palmas, canta y baila: el Meric.
No existe, como decía, constancia documental de la presencia del maestro Otero en la Exposición de París. La prensa gala cita al maestro José Segura como director coreográfico de otra compañía andaluzo-madrileña en el espectáculo L’Andalousie au Temps des Maures, también dentro del recinto de la Expo. Otero y Segura, tal y como nos ha mostrado Ortiz Nuevo en Coraje, actuaron juntos en la temporada de 1896-97 como miembros muy destacados de la compañía de bailes del Salón de Oriente, en la sevillana calle Trajano. No parece lógico por tanto que, de haber estado en París, no se hubiera mencionado a Otero en la prensa francesa y sí al maestro Segura.
Por otro lado, otras evidencias demuestran que algunas de las bailarinas que Segura trae a la sección de bailes de L’Andalousie eran también discípulas de José Otero. Aunque es posible que algunos personajes que aparecen en la película formen parte del grupo tutelado por Otero, el elenco que actúa habitualmente en el escenario de La Feria es otro.
Luego se podrían argumentar cuestiones relacionadas con la propia forma de bailar. La del maestro Otero, por mucho contacto que hubiera tenido con los ambientes flamencos, pertenece a la escuela bolera, de corte academicista. Y parece claro que la gestualidad y los movimientos del personaje que baila en la película se encuentran más a sus anchas en el código, popular y carnavalesco, del espectáculo callejero.
Hubo Otero en París, es verdad. Pero, hasta que no encontremos documentos que lo acrediten, no fue José. Quién sí estuvo fue Carolina. Allí, en el Folies-Marigny, Carolina Otero bailaba sus tangos encima de una mesa y, junto a Paul Frank y Rosita Ritort, actuaba en un mimodrama titulado Una Féte á Sevilla.
Siendo que algunos fragmentos de la prensa de 1900 mencionan la presencia de un artista mulato en el escenario del restaurante La Feria y que allí aparece también un tal Meric, parece mucho más plausible la teoría de que el protagonista del baile de esta película de Lumière no sea otro que el artista de hispanocubano Jacinto Padilla, conocido en los círculos flamencos y taurinos del último tercio del siglo XIX como EL NEGRO MERIC o EL MULATO MERIC.


Artículo actualizado el 10 de agosto de 2016 por Kiko Mora
Para un estudio completo sobre este tema, puede consultarse el trabajo «Who is Who in the Lumière Films of Spanish Song and Dance at the Paris Exposition, 1900» (Le Grimh -Groupe de rèflexion sur l’image dans le monde hispanique-, 2017).





