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Una ventana al alma: Juan Manuel Cañizares y la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla

Teatro de la Maestranza, Sevilla, el sol muestra sus últimos coletazos, recordándonos que aún puede dar alguna sorpresa (apretando fuerte), son las 19:50. Los últimos músicos van llegando al teatro, la gente apura sus últimos refrigerios en el ambigú. Entramos al teatro siguiendo a una fila bien coordinada de personas esperando para validar su entrada; ya queda poco. Cruzamos el dintel hacia el espacio principal, y vemos a toda la orquesta calentando, arcos arriba y abajo, escalas para el ejercicio digital. Toda la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla se mostraba ya en las tablas, el público ocupaba sus bien atendidos asientos. Silencio, salen Juan Manuel Cañizares y su guitarra, acompañado del director Santiago Serrate, seguidos ambos de unos asistentes expectantes de lo que está por venir. Lo que vino quedará para el recuerdo.

Cañizares Sinfónico, entre el maestro Rodrigo y Paco de Lucía

Autor y guitarrista, junto a la orquesta, nos ofrecieron dos conciertos, dos homenajes a grandes figuras de la guitarra contemporánea, uno flamenco y otro académico (también conocido como clásico): Joaquín Rodrigo y Paco de Lucía.

Primer acto: Concierto Mediterráneo

El primero de ellos interpretado fue el Concierto Mediterráneo, dedicado al maestro Rodrigo. Este, a su vez, se dividía en tres movimientos que iban in crescendo. Cañizares mostró bien sus dotes no solo como compositor, también como intérprete. El tándem formado por el guitarrista y la orquesta fue delicioso, y su Finale, fuerte como las columnas del templo de Salomón, y delicado como lo requiere el desenlace de semejante obra, levantó las ovaciones del público e hizo brotar alguna que otra lágrima de aquellos ojos más sensibles. Tras el merecido aplauso, tomamos un interludio: los espectadores para, quiero pensar, asimilar el momento tan bello que habíamos vivido; y los intérpretes para descansar hasta el siguiente acto.

Segundo acto: Concierto Al-Ándalus

Acto seguido, el ambiente de solemnidad y jondura se hacía notar. La siguiente obra a interpretar iba a ser el Concierto Al-Ándalus, pieza dedicada al maestro Paco de Lucía, al que el guitarrista acompañó durante años. Aquí subieron al escenario en calidad de palmeros para orquesta: la bailaora Charo Pino (antigua conocida de la Bienal) y el bailaor Ángel Muñoz (con un amplia trayectoria en distintas compañías), dando a entender que el peso del flamenco sería mayor. Y así fue, un concierto con tintes impresionistas, en el que se sentía el duelo, citando al propio artista en aquella ya lejana tertulia de presentación de la XXIV edición de la Bienal: «El inicio está basado en cuando porté su féretro, todo estaba nublado y de repente, un rayo de sol se proyectaba en mi cara y el cielo se abrió.» Las fases del duelo en una obra también divididas en tres actos sorprendieron por la empatía emanada, consecuencia de una sensibilidad auténtica y una tecnicidad feroz. La simbiosis entre la guitarra flamenca más pura y el academicismo bien medido e hipnótico de la ROSS. Y ese final por tanguillos, ay… ese final, ¿quién imaginó que unos tanguillos, con orquesta y palmas, serían el puente perfecto entre dos mundos que parecían no conocerse?

Fin de fiesta y despedida en el Guadalquivir

Los asistentes, como es natural, arroparon a los artistas entre cálidos aplausos de admiración, de agradecimiento, por mostrarnos hasta donde puede llegar la belleza del mestizaje. Y como buen espectáculo de flamenco, asistimos al fin de fiesta más solemne al que servidor ha asistido. El teatro callado, con la orquesta en silencio de fondo. Se levantan sendos palmeros, posicionados anteriormente justo en frente al director, para acompañar al maestro de la sonanta. Siempre por bulerías, Charo Pino nos muestra su habilidad tanto al baile como a las castañuelas, seguida de Ángel Muñoz con un baile profundamente teatral y técnico, finalizando con unas pinceladas del protagonista de esta velada. Nos regalan un bis del final por tanguillos, que hizo las delicias del público; no se quieren ir, queremos estar allí para siempre.

Al salir del teatro, ya es de noche, la luna luce sobre el Guadalquivir, mirando quizás con recelo, quizás con condescendencia, ya nada será igual.

Crónica por Antonio Martínez Aparicio, «Toño»

Diseñado por Nubemedia.