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Arrimados al flamenco

La afición en el flamenco

El flamenco ha estado marcado desde sus inicios por una conjunción entre artistas y público. Es innegable la relación cercana e incluso horizontal que se ha establecido entre los artistas del género y el público aficionado, muchas veces una línea desdibujada y enriquecida por el intercambio de saberes, impresiones y vida en común compartida y admirada. Para ello es importante comenzar definiendo lo que en el flamenco se entiende por aficionado. Por Manuel Cid Fernández. En la foto el aficionado C.Tangana rodeado de flamencos, con Antonio Carmona, Diego del Morao, e Israel Fernández, entre otros.

La palabra aficionado es muy interesante porque puede albergar, según quien lo diga, definiciones aparentemente antagónicas. Con aficionado, podemos encontrarnos a un entendido, a alguien que sabe lo que ve y lo que oye, que está sensiblemente conectado y que es conocedor de la causa, en este caso la flamenca; y a su vez, se puede referir, fuera de estos lares, a quien no está puesto en el tema, a alguien que es amateur, que no es profesional, o que no tiene un saber profundo. Por ejemplo, se oye a algunos decir que Rosalía es una gran aficionada al flamenco, por otro lado, gente que no está familiarizada con esta jerga, manifiesta su desacuerdo, diciendo que ella canta bien y es conocedora del flamenco. Como si una cosa no fuera complementaria a la otra, como si para ser buen artista no haya que ser también buen público, como si para decir con verdad, no haya primero que escuchar con verdad.

Tía Anica

Dentro de los aficionados al flamenco se podrían identificar dos grandes grupos, unos serían los aficionados más puristas, que buscan preservar la tradición. Muchos han sido los casos de artistas que han recibido críticas por parte de estos puristas al salirse de los marcos normativos que rige cada momento histórico. Le tocó a Morente, le tocó a los Amador, le tocó a Camarón incluso, recordemos esas declaraciones de la jerezana Tía Anica la Piriñaca: «Camarón ese, ese no sabe cantar una seguiriya con lo cantaor que es», aludiendo aquella máxima tan repetida en el cante flamenco de que lo que se escucha hoy ya no es lo que era, de que lo bueno se está perdiendo. Luego estarían los aficionados más aperturistas, que escuchan con respeto, conocen la historia y saben exigir desde el conocimiento. Esta tensión que se vive entre ambas posturas generan profundidad y debate, algo que hace que el público flamenco sea de los más implacables.

En el flamenco, como actividad cultural de la sociedad, su práctica no puede entenderse al margen de la vida natural del ser humano, es un elemento estético que ayuda a manifestar las emociones, sueños e ideas; y a su vez una forma de captar la realidad y hacerla más llevable, soportable. Lo de dentro con lo de fuera. Se establece a través del arte, del flamenco, la oportunidad de expresar lo que es, y lo que es posible de ser.

Café cantante El Burrero, lugar de reunión de aficionados a comienzos del siglo XX en Sevilla @beauchycano

Históricamente, la necesidad de compartir, de estar juntos, de reunirse a debatir y escuchar cante encontró su primer gran catalizador en el siglo XIX. Aquí es donde la importancia de Silverio Franconetti fue fundamental para la consecución de una forma de integrar público y artista en un mismo lugar. Silverio, nacido en 1831, hijo de un militar italiano y de una mujer proveniente de Morón de la Frontera. Habiendo compartido juventud con los gitanos de Morón vuelve de las Américas con la intención de encontrar un lugar en el que las gentes del cante jondo se pudieran reunir para cantar y vivir dignamente. Buscando la imbricación entre el que escucha y el que canta, el que baila y el que mira, unos y otros y los mismos a su vez. En 1881, inaugura su café cantante, en el centro de Sevilla, encontrándose en la capital andaluza con otros cafés de prestigio como El Café del Burrero, o el conocido popularmente como el Café de Juan de Dios. En el local se venden bebidas y se ofrece cante y baile, con profesionales a sueldos, y con el mismismo Silverio efectuando unos cantes con excepcional calidad, como bien aseguró en su día Don Antonio Chacón, coetáneo y discípulo de Silverio.

Lugares de reunión en los que el recreo, el contacto con el otro y las conversaciones favorecían a estas artes. En el caso del flamenco estos encuentros en cafés se relacionaban con actuaciones en teatros, noches de juergas y las fiestas propias de la cultura española: bautizos y casamientos. Hoy en día el aficionado, en ciudades con tradición flamenca, vive la calle como lugar para recrearse entre escuchas y cantes, no existe tanto un deseo de búsqueda de lo más bello, sino un deseo de compañía, de celebrar, de conmoverse al compás de unas palmas, una guitarra o al simple golpe del zapato sobre el adoquín.

Son numerosos los aficionados al flamenco que han promovido esta fiesta, ya sea desde sus aportaciones como artistas aficionados o desde su apoyo como público activo y ferviente. En los artistas del género es importante, por no decir una condición sine qua non, que sean grandes aficionados, pues este conocimiento de los cantes antiguos y de artistas de otras generaciones genera esa profundidad y esa memoria tan necesaria y bonita para el flamenco. Influencias de otros se contemplan en figuras como la de Rocío Márquez, que bebe del cauce de Marchena; de El Boleco que nos lleva a acordarnos de las sagas de Jerez, de Agujetas y Chocolate; Duquende con su estilo más camaronero; o Israel Galván resituando las líneas del maestro Escudero.

Carlos Saura

Luego, en el mundo de las artes es importante señalar cómo existe y han existido numerosos artistas que admiran, disfrutan y les duele el flamenco. Este es el caso de Carlos Saura, director que ha rendido homenaje al género con documentales como Flamenco, Sevillanas; musicales como El amor brujo; o películas como Los golfos, en la que retrata formas de vida que han estado ligadas de cierta forma con lo flamenco. Otro caso relevante puede ser el de cantantes como C.Tangana que viene últimamente rindiendo una atención mayúscula a esto que nos ocupa. El madrileño cuenta su revelación al vivir una juerga flamenca, en la que encuentra esa atención, esa forma de escuchar, esa autenticidad, esa sencillez para hablar de lo realmente profundo. Muchos son los que han encontrado en el flamenco una forma de hablar de lo sublime desde la tierra, desde lo cercano. Ese es el caso de la artista que ha conjugado ese universo radical del flamenco, Angelica Lidell, con una sensibilidad especial para tratar el dolor, las grandes fatigas. Una poeta que sin acercarse al flamenco de manera directa, ha entendido y ha sentido con hondura su naturaleza desconsolada, rescatamos de su libro Libestood. El olor a sangre no se me quita de los ojos, aquello de: «cuando sientes que mueres de soledad, de desesperación o de amor las llamas de la vida arden en un horno cerrado del que el calor no sale». Es leer esto y no poder no acordarnos de letras de soleares, tonás y seguiriyas de tan intensa desazón, por ejemplo esa seguiriya de Manuel Torre, que dice:
«Ay ay
Por tu causita me estoy viendo malito en la cama
malito de muerte
ay por tu causita muy malito me veo
malito de muerte
y para más penas
y para más penas
para más fatigas
aborrecido me estoy viendo madre mi alma
de toda mi gente
para más fatigas aborrecido me estoy viendo primito
de toda mi gente».

Hablando con el aficionado y programador flamenco Antonio Benamargo, nos sugiere sobre este asunto lo diferente que se vive el flamenco según dónde te encuentres de la geografía española. «No es lo mismo el flamenco que se vive en Donosti, en Zaragoza, en Bilbao, en Madrid o en Sevilla». En el norte, falta una oferta continuada de flamenco. Iniciativas como la de Benamargo, con su Gira Flamenca del Norte, generan satisfacción para los deseos de público y artista. Cuatro meses de flamenco en ciudades en las que no están acostumbradas a recibir un elenco de primera calidad.

Antonio Benamargo Antonio Benamargo

Destacamos también a las peñas flamencas, lugar en el que el aficionado más cultivado encuentra su ágora. En ella la reunión entre los socios amigos se enfrenta a la tertulia, el debate y los juicios, más o menos candentes. De la carcajada amiga a la seriedad de un ole, elementos para valorar y discernir lo que cada uno entiende por flamenco. Benamargo señala que las peñas están más presentes en Andalucía y Cataluña, sostiene que «el problema es que si tú vas mucho a una peña luego al teatro no vas». El programador malagueño señala que la demanda de público en Andalucía está más centrada en el extranjero, cosa que en cierta medida empobrece los planteamientos del arte jondo, abusándose de códigos efectistas. Observa que «para los artistas y para los públicos de Madrid y del norte de España en general, los teatros siguen siendo los espacios preferidos y habituales». Es cierto que en el teatro se genera una relación distinta entre artista-aficionado: la distancia, la calidad técnica, la accesibilidad para asistir al teatro hacen que el público responda a unas condiciones socioeconómicas concretas. Esto no ocurre de igual manera, en fiestas, juergas o peñas, donde la cercanía con el artista, la calidez y la espontaneidad hace que la experiencia se viva de forma diferente.

Lewis Texidor, youtuber exitoso presenta en sus programas a los grandes del flamenco
Hoy día la afición, con las redes sociales, ha encontrado otro lugar para su germen. De la solemnidad del teatro a la intimidad de una peña, plataformas como Youtube, Tik Tok o Instagram se han establecido como espacios en los que acceder a conocer, a escuchar, a identificar. Muchos son los creadores de contenido que muestran sus conocimientos sobre el flamenco. Cierto es que la fugacidad que proponen las plataformas hace que el contenido se vuelva más de usar y tirar, generando poco poso y frenando el pellizco. Sin embargo este marco digital ha globalizado el flamenco, permitiendo que la afición se asome desde lugares fuera del territorio nacional. Este es el caso de Lewis Texidor, un músico y productor estadounidense que sube videos a Youtube reaccionando a sus primeras veces viendo a artistas, entre ellos a Camarón, Tomatito, El Cigala o Paco de Lucía. Es interesante ver las valoraciones en las que entra una mirada tan ajena como la de alguien que no lo tiene metido dentro de su cultura. La forma de admirar, de entusiasmarse, no solo ante la potencia y la pasión, sino también ante la disciplina y la técnica que tienen los artistas flamencos. En un video sobre Tomatito, señala: «se le ve muy centrado en la tradición y al mismo tiempo con pasión para desarrollar la técnica para alcanzar estos niveles». Estos contactos, estos nuevos lugares para escuchar y aprender, enriquecen y acercan el flamenco a distintos públicos, quién sabe si estos nuevos aficionados acabarán comprando entradas, haciéndose socios de peñas o asistiendo con respeto y admiración a escuchar unos cantes en un bar entre amigos.

Esta constante retroalimentación entre el que escucha y el que ejecuta, entre el respeto a la tradición y la necesidad de abrir nuevas ventanas es lo que mantiene al flamenco como un arte vivo, mutante y dolorosamente humano. Por eso, en este ecosistema donde la línea entre creador y espectador a menudo se desdibuja, cobra sentido la lección de humildad de uno de los grandes revolucionarios del flamenco.

Cuando a Enrique Morente le preguntaron en una entrevista cómo quería que le recordasen las futuras generaciones, el genio del Albayzín no reclamó el título de maestro, ni de mito, ni de creador. Respondió, simplemente, que quería ser recordado como un buen aficionado.

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