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«Más que baile» Ana Morales en Ciutat Flamenco

Anoche, jueves 22, en el marco del festival Ciutat Flamenco de Barcelona, Ana Morales presentó Más que baile, una propuesta en la que explora distintas formas de expresión del baile flamenco a través del movimiento, la música en directo y el diálogo entre tradición y experimentación. La bailaora y coreógrafa barcelonesa, Premio Nacional de Danza 2022, estuvo acompañada por Jesús Corbacho al cante, Fran Vinuesa a la guitarra y Daniel Suárez a la batería. Crónica de Celia Espadas.

Una escena compuesta por una batería (sí, una batería y no un cajón flamenco), una guitarra flamenca, otra eléctrica (sí, eléctrica) que espera su turno, un micrófono, tres vestidos y una bata de cola que cuelgan, también a la espera de ser habitados. Con estos elementos, la escena se compone como un bodegón en el que conviven lo tradicional y lo más vanguardista del flamenco. Ana baila, le acompaña Jesús Corbacho al cante, Fran Vinuesa a la guitarra y Daniel Suárez a la batería.

La obra comienza con una declaración de intenciones. Ana aparece en escena, sola, contundente y con fuerza, bajo un foco que le alumbra potentemente y deja el resto del escenario a oscuras. Su apariencia podría considerarse “flamenca tradicional” pero su primer movimiento, el de las manos, nos invita a cuestionarlo. Lejos del conocido movimiento de manos y dedos asociado tradicionalmente al baile flamenco, Ana mueve las suyas de una forma plana, lineal, e incluso geométrica. Ana nos avisa: ella, su movimiento y esta obra que tan solo acaba de comenzar, cuestionan el flamenco. Sus manos dibujan la escena mediante movimientos precisos, componen el espacio al ritmo de los acordes de la guitarra. ¿Quién lleva la guía? ¿Las manos de Ana o las del guitarrista? Más adelante volveremos a cuestionarnos algo semejante, esta vez con la batería, ¿quién lidera el juego rítmico, quién marca el compás?, ¿la batería o el taconeo de Ana?

Más que baile es una revisita, a modo de mosaico, de otras obras de la artista, combinadas con algunas piezas inéditas. Una reconstrucción del pasado que, casi sin darme cuenta, también me transporta al mío propio. A mi niñez envuelta en el flamenco, a aquellos acordes de guitarra, al olor de la laca que fijaba el peinado para resistir la potencia de los giros, al “traqueteo” del zapateado. Ana revisita sus danzas y, al hacerlo, me invita a revisitar mis propias raíces y tantos recuerdos que emanan de ellas.

Y me pregunto ¿cómo volver al pasado mediante ese “revivir” de las obras, del repertorio?, ¿cómo revisitar el proceso de creación, la corporalidad, el imaginario y las emociones que provocaron ese discurso escénico y poético? Y, sobre todo, ¿cómo hacerlo desde un cuerpo atravesado por los años y por las vivencias que han dejado su huella en él? Para mí, se trata de una transformación del pasado, de un proceso latente de habitarlo desde una nueva corporalidad. Una transformación que Ana, bajo mi punto de vista, representa mediante la metáfora del vestuario. Un vestuario que, mientras compone la escena colgado, listo y a la espera de ser habitado, va transformándose, desapareciendo y apareciendo sobre su cuerpo casi sin que nos demos cuenta.

Cada nuevo vestuario que Ana viste, transforma su corporalidad, la rítmica de la escena, la iluminación e incluso la relación con lo sonoro y con los músicos. De la misma manera que los años y las vivencias transforman la relación con el repertorio y la manera en la que Ana accede a aquellas corporalidades del pasado. Cada vestuario abre un nuevo capítulo, transitando de escenas de máxima potencia técnica y virtuosa a otras donde la abstracción, el minimalismo y la expresión del gesto nos sumergen en la emoción más pura.

En Más que baile resulta especialmente interesante la relación y el diálogo que Ana establece con los músicos, así como la manera en que estos habitan la escena. La obra se aleja de la concepción del formato “solo”. La primera vez que Jesús aparece en escena y entona sus cantes, lo hace de pié para disponerse posteriormente a atravesar el escenario. Este gesto genera una ruptura con la concepción más convencional del espectáculo flamenco, en la que el espacio escénico se reserva para la danza, y la música y voz queda limitada a reposar sobre las sillas del fondo.

Aquí, la voz ocupa el espacio. El cuerpo que canta como cuerpo en movimiento que busca al cuerpo danzante para crear un dúo. Ana baila la voz de Jesús, las palabras de su cante. Ana baila la letra en el cuerpo del que emerge, es un dúo en escena. Al igual que la guitarra de Fran tiene su momento de “solo” e intimidad, haciendo una invitación a la contemplación auditiva.

En relación a los músicos, me generó especial interés observar cómo el foco de la danza transita entre su proyección hacia el público, hacia la exhibición a los espectadores allí presentes, en búsqueda del aplauso flamenco asociado al final de la escobilla de pies y la intimidad de bailarle a los músicos. Cuando la danza daba la espalda al patio de butacas, nos introducía en un espacio íntimo de encuentro espontáneo entre música y danza, semejante a aquellos que surgen en el mirador de San Nicolás de Granada. La música y el baile flamenco se encuentran, generando un espacio de intimidad entre la bailaora y músicos, mientras el espectador queda situado en un rol casi de “voyeur”, contemplando y deleitándose con la belleza que emerge de dicho encuentro. Una intimidad que, paradójicamente, se comparte con todo un teatro.

En Más que baile, Ana no solo propone una nueva lectura del flamenco, con sus movimientos que combinan tradición e innovación, virtuosismo técnico y expresividad gestual, sino que construye una escena en la que convergen, de alguna manera, pasado y presente. Piezas del pasado reinterpretadas desde el presente; faldas y mantones tradicionales que conviven con delicadas ropas sedosas de apariencia más actual; música flamenca que dialoga con una percusión casi más cercana a la danza contemporánea; curvas flamencas que tejen corporalidades junto a líneas más clásicas. Una obra en la que la fuerza y el jolgorio conviven con la delicadeza de la nostalgia y melancolía. Quizás como metáfora de nuestra propia relación con el pasado: alegría de lo que ya fue, junto con la nostalgia de que ya no sea.

Crónica de Celia Espadas

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