En Muerta de amor, el cuerpo se convierte en territorio de deseo. A partir de la copla, el bolero y sus propias experiencias, Manuel Liñán explora cómo el amor transforma los cuerpos. Hablamos con él sobre el proceso creativo de la pieza, la fuerza de lo personal en la creación y el momento de plenitud que atraviesa su carrera.
Presentas ahora con tu compañía Muerta de amor en Flamenco Fire, ¿qué podrías contarnos de este espectáculo y en qué punto se encuentra ahora mismo?
Se encuentra en un punto muy bonito. Hemos tenido la oportunidad de hacer varias representaciones y, bueno, poco a poco el espectáculo ha ido cogiendo más seguridad. También nos hemos dado cuenta de que tiene algo muy especial entre los compañeros. Hay una energía entre nosotros muy bonita que se contagia cada noche y creo que eso también traspasa al espectador. Para mí, cada representación es única, una oportunidad para poder emocionarme y tener un recorrido, un viaje por la intensidad, el deseo, la pasión.
¿Qué cinco verbos le darías a Muerta de amor?
Desear, abrazar, llorar, observar y sentir.

Cada proceso creativo alberga unas búsquedas, cuando decidiste hacer Muerta de amor, ¿qué buscabas?
Pues mira, buscaba desde una pregunta: ¿qué es el amor? En situaciones amorosas, el cuerpo empieza a comportarse de una manera diferente, me pregunto sobre esta situación. Desde esta pregunta empieza una búsqueda que se abre en diferentes caminos. Empiezo a ahondar un poco sobre por qué el cuerpo cambia cuando se relaciona amorosamente con otras personas.
Yo no creo que Muerta de amor sea la respuesta a qué es el amor, no creo que lo sea. Pero sí un abanico de posibilidades, donde el cuerpo tiene la potencia de recoger la impronta de nuestras relaciones, de recibir algo nuevo. Esto se ve reflejado también en el baile.
Esto me recuerda a esta frase de las feministas en los años 70: lo personal es político. ¿Qué importancia tiene para ti lo personal durante la creación?
Mucha. Por ejemplo, en este caso, para Muerta de amor, me pongo a investigar y descubro que cuando empecé a enamorarme, enamoramientos con hombres, lo hacía de manera escondida. Había un juicio social que me hacia creer que ser homosexual no esta bien, me sentía culpable por ello. Cada vez que tenía una relación sentía estar haciendo algo malo. Cuando empecé esta búsqueda con José Maldonado, compartimos la misma opinión: nuestras relaciones no se daban a la luz del día, eran en sitios escondidos, eran «no se lo cuentes a nadie, esto es secreto». Esto hacía que esas relaciones tomaran una intensidad realmente muy grande, se vivieran al límite, como si estuviera viviendo algo nunca más iba a poder vivir.
Estas maneras de desear en la obra toman fuerza y forma. También a través de la copla que tiene muchos mensajes camuflados. Me refugiaba en la música, en la copla y el bolero, porque eran canciones que yo le podía cantar a un hombre sin que nadie se diera cuenta a quién se la estaba dedicando.
Estas cosas nacen de una experiencia personal, pero cuando decido contarlas y compartirlas, no personalizo. Hablo de sensaciones, situaciones, consecuencias que nos pueden pasar a cualquiera.

¿Cuáles han sido las las referencias que han acompañado a la creación?
Como punto de partida la copla y el bolero. Han sido casi banda sonora de mis relaciones, por lo que te comentaba. Son grandes telenovelas, la copla era la telenovela que yo vivía en ese momento. Es verdad que no solamente hay copla, hay copla, flamenco y bolero, pero era muy importante que estuviera ahí porque tiene mucho mensaje.
En la copla también se han camuflado, se han escrito letras específicas de relaciones entre hombres, donde el mensaje de la canción estaba oculto por miedo a los juicios sociales y por miedo a salir del armario en aquella época.
En la creación de la pieza te has rodeado de Ernesto Artillo ¿de qué manera ha afectado su visión?
Muy positivamente. Yo sabía que mi cuerpo necesitaba contar algo. Quería analizar por qué el cuerpo tiene este comportamiento, pero no sabía hacia dónde apuntar. Ernesto Artillo lo que hizo fue ponerle una dirección muy concreta. Cuando tuve la primera residencia con él le dije: «mira, esto me pasa esto y no sé porqué.» Él lo primero que me dijo fue: «Mira, tu vida es una copla, no necesitas fingir nada, eres una gran folclórica, tus relaciones y tus historias son copla pura. Vamos a contarla, vamos a inspirarnos ahí.» Me acompañó de una manera muy especial y bonita.

¿Cuál dirías que es el estado actual de las compañías de flamenco? ¿Qué papel juegan dentro del panorama nacional de danza?
El otro día, en una conversación con gente que estaba empezando, pensamos sobre esto. Y es verdad que, por ejemplo, desde que yo empecé, con 19 años, que me fui a Madrid a estudiar y veía las posibilidades que tenía. Antes había compañías grandes, con un cuerpo de baile.
Como, por ejemplo, la compañía de Antonio Gades, de Antonio Márquez, de Paco Romero, de Luisillo, de Manuel Marín, de Güito, de Manolete o la compañía de Mario Maya. Con estas compañías los bailarines podían formarse y tener más oportunidades. Creo que con el tiempo, las compañías se han individualizado mucho.
Antes era muy raro ver un trabajo solamente de un intérprete. Ahora creo que es lo que predomina, quizás debido a la dificultad de mantener una compañía. A pesar de todo, yo siempre he apostado por ese formato, un formato que a mí me gusta y que quiero seguir manteniendo.
¿En qué momento de tu carrera te encuentras?
Pues mira, me encuentro muy feliz, me encuentro con muchas ganas de bailar. Cada vez que hago Muerta de amor es un regalo. Miro al techo del teatro y digo: «Gracias, Dios mío», por poder iluminarnos y por permitirme este espacio para poder disfrutar.
Estoy en un momento en que valoro mucho lo que es el arte, y el compromiso que tienen mis compañeros también por el arte, por bailar, por cantar. En cada posibilidad que tengo de emocionarme la vivo intensamente, porque creo que emocionarnos es un regalo.






